En este nuevo recuerdo me apoyo en la imagen del profesor Edmundo Ramos Vives -¿Qué será de su vida?- ofreciéndome emocionado unas copias referidas al cuento de autoría de Juan Bosch. Corrían mis últimos años de estudio en la Universidad del Atlántico y me había destapado ya como escritor de cuentos y el muy estimado profesor Edmundo Ramos Vives semana tras semana me facilitaba textos exquisitos con los cuales creía –bien intencionadamente- ayudarme a orientar mi novel labor. Así leí en particular, y por fuera del orden académico de la carrera de lenguas modernas, textos de Julio Cortázar en cuyo autor el profesor Edmundo creía encontrar un buen referente útiles a mis propósitos.
Pero vuelvo por donde me inicié y por donde pretendo seguir: comentar y rescatar como material vigente el ensayo Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, de Juan Bosch, especie de guía para el cuentista y de cuyo valor se dice comentó nuestro Nobel Gabriel García Márquez.
Leamos, entonces, este arriesgado resumen con la sana intención de volvernos al cuento:
El cuentista debe sentirse responsable de lo que escribe, como si fuera un maestro de emociones o de ideas.
Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir cuentos es la intensidad de su vocación. Nadie que no tenga vocación de cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos. Lo segundo se refiere al género. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes, pero puede afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. La importancia del hecho es desde luego relativa, mas debe ser indudable, convincente para la generalidad de los lectores. Si el suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia, lo que se escribe puede ser un cuadro, una escena, una estampa, pero no es un cuento.
Aprender a discernir dónde hay un tema para cuento es parte esencial de la técnica. Esa técnica es el oficio peculiar con que se trabaja el esqueleto de toda obra de creación: es la "tekné" de los griegos o, si se quiere, la parte de artesanado imprescindible en el bagaje del artista.
A menos que se trate de un caso excepcional, un buen escritor de cuentos tarda años en dominar la técnica del género, y la técnica se adquiere con la práctica más que con estudio. Pero nunca debe olvidarse que el género tiene una técnica y que ésta debe conocerse a fondo. Cuento quiere decir llevar cuenta de un hecho. La palabra proviene del latín computus, y es inútil tratar de rehuir el significado esencial que late en el origen de los vocablos. (…) Llevar cuenta es ir ceñido al hecho que se computa. El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso, no es cuentista.
De paso diremos que una vez adquirida la técnica, el cuentista puede escoger su propio camino, ser "hermético" o "figurativo" como se dice ahora, o lo que es lo mismo, subjetivo u objetivo; aplicar su estilo personal, presentar su obra desde su ángulo individual; expresarse como él crea que debe hacerlo. Pero no debe echarse en olvido que el género, reconocido como el más difícil en todos los idiomas, no tolera innovaciones sino de los autores que lo dominan en lo más esencial de su estructura.
El interés que despierta el cuento puede medirse por los juicios que les merece a críticos, cuentistas y aficionados. Se dice a menudo que el cuento es una novela en síntesis y que la novela requiere más aliento en el que la escribe. En realidad los dos géneros son dos cosas distintas; y es más difícil lograr un buen libro de cuentos que una novela buena. (…) La diferencia fundamental entre un género y el otro está en la dirección: la novela es extensa; el cuento es intenso.
El novelista crea caracteres y a menudo sucede que esos caracteres se le rebelan al autor y actúan conforme a sus propias naturalezas, de manera que con frecuencia una novela no termina como el novelista lo había planeado, sino como los personajes de la obra lo determinan con sus hechos. En el cuento, la situación es diferente; el cuento tiene que ser obra exclusiva del cuentista. Él es el padre y el dictador de sus Criaturas; no puede dejarlas libres ni tolerarles rebeliones. Esa voluntad de predominio del cuentista sobre sus personajes es lo que se traduce en tensión por tanto en intensidad. La intensidad de un cuento no es producto obligado, como ha dicho alguien, de su corta extensión; es el fruto de la voluntad sostenida con que el cuentista trabaja su obra.
El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar la técnica del género, al grado que logre dominarla en la misma forma en que el pintor consciente domina la pincelada: la da, no tiene que premeditarla. Esa técnica no implica, como se piensa con frecuencia, el final sorprendente. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento. Hay grandes cuentistas, como Antón Chejov que apenas lo usaron. " A la deriva”, de Horacio Quiroga, no lo tiene, y es una pieza magistral. Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. Ahora bien, el cuento debe tener su final natural como debe tener su principio.
No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo; que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro, directo o indirecto: el cuento debe comenzar interesando al lector. Una vez cogido en ese interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe soltarlo más. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra; lo conducirá sin piedad hacia el destino que previamente le ha trazado; no le permitirá el menor desvío. Una sola frase aun siendo de tres palabras, que no esté lógica y entrañablemente justificada por ese destino, manchará el cuento y le quitará esplendor y fuerza.
El cuento debe iniciarse con el protagonista en acción, física o psicológica, pero acción; el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento, a fin de evitar que el lector se canse.
Saber comenzar un cuento es tan importante como saber terminarlo. El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del cuento. Es en la primera frase donde está el hechizo de un buen cuento; ella determina el ritmo y la tensión de la pieza. Un cuento que comienza bien casi siempre termina bien. El autor queda comprometido consigo mismo a mantener el nivel de su creación a la altura en que la inició. Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto: despertando de golpe el interés del lector.
Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista, conoce la "tekné" del género.
Ese oficio es necesario para el que cuenta cuentos en un mercado árabe y para el que los escribe en una biblioteca de París. No hay manera de conocerlo sin ejercerlo. Nadie nace sabiéndolo, aunque en ocasiones un cuentista nato puede producir un buen cuento por adivinación de artista. El oficio es obra del trabajo asiduo, de la meditación constante, de la dedicación apasionada.
En sus primeros tiempos el cuentista crea en estado de semiinconsciencia. La acción se le impone; los personajes y sus circunstancias le arrastran; un torrente de palabras luminosas se lanza sobre él. Mientras ese estado de ánimo dura, el cuentista tiene que ir aprendiendo la técnica a fin de imponerse a ese mundo hermoso y desordenado que abruma su mundo interior.
La búsqueda y la selección del material es una parte importante de la técnica; de la búsqueda y de la selección saldrá el tema. Parece que estas dos palabras -búsqueda y selección- implican lo mismo: buscar es seleccionar. Pero no es así para el cuentista. Él buscará aquello que su alma desea; motivos campesinos o de mar, episodios de hombres del pueblo o de niños, asuntos de amor o de trabajo. (…) Esa parte de la tarea es sagradamente personal; nadie puede intervenir en ella. A menudo la gente se acerca a novelistas y cuentistas para contarles cosas que le han sucedido, "temas para novelas y cuentos" que no interesan al escribir porque nada le dicen a su sensibilidad.
Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa. Arte difícil, tiene el premio en su propia realización. Hay mucho que decir sobre él. Pero lo más importante es esto: El que nace con la vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la sociedad. La única manera de cumplir con esa obligación es desenvolviendo sus dotes naturales, y para lograrlo tiene que aprender todo lo relativo a su oficio; qué es un cuento y qué debe hacer para escribir buenos cuentos. Si encara su vocación con seriedad, estudiará a conciencia, trabajará, se afanará por dominar el género, que es sin duda muy rebelde, pero dominable.
El profesor Juan Bosch nació en La Vega, República Dominicana, el 30 de junio de 1909 y murió en Santo Domingo el 1º. de noviembre de 2001.
Juan Bosch fue narrador, ensayista, educador, historiador, biógrafo, político, ex-presidente de la República Dominicana e inició su carrera literaria con un pequeño libro de cuentos, Camino Real. Su cuento “La mujer” ha sido seleccionado por casi la totalidad de las antologías de cuentos de Hispanoamérica). A quien le interese detallar puede consultar más a fondo sobre la vida y obra de este autor.
De nuestra parte cerramos, sin ánimo de persuadir a nadie sobre las verdades o falencias de las pistas propuestas, como tantas otras que hay. Sólo nos atrevemos a considerar, muy personalmente, que segundo va la técnica, primero la misma necesidad de escribir, principio inviolable sin el cual no es posible llegar a alguna parte.
La tecnología informática hoy nos abruma y por mucho que los más antiguos la hayamos eludido, finalmente nos rendimos a sus posibilidades. La necesidad de compartir estas opiniones -periodísticas, literarias o académicas- nos lleva a valernos de este espacio, lo mismo que constituirlo en cierta biblioteca a la cual puedo ir "subiendo" estas notas, fruto más del desorden afectivo que del orden mental, y cuya opción de escribirlas en impreso ya es remota pues lo mío es un teclado, una pantalla...
2/24/2010
2/21/2010
Queridos maestros...
De entrada me disculpo por el origen de estas reflexiones que ahora ocupan mi mente y trato de trasladar a esta hoja virtual. Digo “me disculpo” en cuanto a que la nota que abajo presento nació de la desinteresada intención que tuve de referirme al texto Mi profesor de literatura, de Mario Mendoza, presentado por el escritor Carlos De La Hoz en su ya ineludible espacio en Facebook. Y como siempre, “se me fue la mano” y terminé elaborando un testimonio independiente al cual una misteriosa fuerza me obligó a darle vida propia. Algún crítico hablaría de intertextualidad o algo así… Ahora, con pena con Carlos, quedo en deuda con el comentario original. Mientras, léanse lo que a falta de imaginación me he apresurado a titular Queridos maestros, pues al final resultó, formalmente hablando, una carta.
***
Queridos maestros,
Dada la condición del ser humano de aprender de manera natural aquello para lo cual biológicamente viene programado y lo que otros culturalmente le transmiten o le heredan, es apenas inevitable no guardar el sublime o mal recuerdo de algunos de los tantos de ustedes que han contribuido a que, querámoslo o no, seamos lo que somos: fracasados o satisfechos en nuestras más íntimas vocaciones. Gracias a ustedes, a su amor o a su amargura logramos lo que hoy en esencia somos en este punto de nuestras vidas.
Por ello, queridos maestros, ahora que pretendemos seguir sus nobles pasos, lo fundamental de reflexionar continuamente sobre nuestra labor docente ya que para el niño que inicia su aprendizaje académico y su experiencia de vida, lo fundamental es encontrar en su camino seres maravillosos, capaces de enseñar la sabiduría que guardan sin egoísmos, abriendo el mágico tesoro de los conocimientos humanos con la misma pericia y alegría con la cual el mago nos ilusiona y gana nuestros merecidos aplausos. Sabemos que las circunstancias han cambiado, ¿cuándo no?, y que la sociedad se ha movido tanto que hoy en día más que informar debemos dedicarnos a formar, a desintoxicar el espíritu de los niños de tanto conflictos que traen. Y ello no es tarea fácil. Quizás, queridos maestros, no seamos dignos herederos de su abnegada vocación y lo más posible es que nunca logremos ser merecedores del recuerdo agradecido de alguno de estos distraídos estudiantes que ahora educamos. Es cierto, créanme, ahora nos desesperamos, dudamos en medio de una sociedad de puertas abiertas en donde los padres perdieron el control y el niño en su derecho “al libre desarrollo de la personalidad” puede hacer lo que le venga en gana, confundiéndonos a todos entre lo que es libertad y libertinaje; autoridad y autoritarismo; castigo y maltrato.
Queridos y sublimes maestros, bien que les recordemos pues a ustedes, en realidad, todas las personas felices de este mundo debemos nuestro lugar en la historia y la plenitud de haber desarrollado con sinceridad tal o cual arte, profesión u oficio, aun en contra de monstruosos sistemas educativos, más al servicio de sospechosos intereses político que humanos.
Nada tenemos en contra de la educación formal y como hijos suyos más que nadie quisiéramos que todos sus funcionarios, asesores, técnicos y nuevos profesores recordaran a quienes –como ustedes para mí, queridos maestros- hicieron de sus primeros años de educación la época más agradable y esperanzadora de un porvenir que anhelamos impacientes sin saber que el tiempo no retrocede nunca ni se recupera jamás.
Queridos maestros, (mencione cada quien los suyos…), hay quienes creen que la educación es mejor porque se disponga de un computador o de un tablero electrónico para enseñar, ¡pero qué va! La educación es, y será, siempre mejor en la medida en que sea organizada alrededor de los sentimientos sinceros y de las actitudes de quienes por años se han preparado, ya en la vida, ya en la universidad, para desarrollar su vocación sin rencores ni miedos ni protagonismos. ¡Ah, cómo recordamos nuestros humildes salones en los cuales ustedes, héroes de otro mundo, nos inculcaban respeto, valores, sabiduría, a punta de la magia de las palabras y de sus buenos ejemplos! -¡Y cómo nos compadeceremos siempre por quienes, fieles al libreto del sistema, nos amenazaron con sus gritos y nos castigaron con sus reglas por no sabernos de memoria, con pelos y señales, la lección copiada en la aburrida clase de la tarde anterior!
Bueno, queridos maestros, la tradición de enseñar y aprender aún persiste de generación en generación, como norma social y cultural y la noción de formar integralmente hoy nos exige inmiscuirnos en las preocupaciones más íntimas de nuestros alumnos y los conflictos que se padecen en sus hogares, quedando casi relegada la enseñanza de contenidos, hecho que no debiera preocuparnos pues la tecnología que a nosotros nos atropella a ellos, seres traviesos, curiosos y genéticamente digitales, les atrae como las flores a las abejas, lo cual nos indica que en estas novedades, con actitud y sentimiento, debemos apoyarnos un poco para hacer de la educación el rato feliz que cualquier niño normal busca en las cuatro paredes en que sus propios padres lo encierran porque no lo toleran en casa.
Finalmente, la referencia a los buenos maestros de los cuales hablamos, incluye, por supuesto, a nuestros padres o personas adultas que rodearon nuestra niñez y adolescencia, pues en ellos –al menos antes lo era- encontrábamos a nuestros más importantes modelos, no tanto por su formación académica sino por aquello de que “el ejemplo educa”.
Queridos maestros, hay en estas malogradas palabras un infinito agradecimiento.
Su alumno,
***
Queridos maestros,
Dada la condición del ser humano de aprender de manera natural aquello para lo cual biológicamente viene programado y lo que otros culturalmente le transmiten o le heredan, es apenas inevitable no guardar el sublime o mal recuerdo de algunos de los tantos de ustedes que han contribuido a que, querámoslo o no, seamos lo que somos: fracasados o satisfechos en nuestras más íntimas vocaciones. Gracias a ustedes, a su amor o a su amargura logramos lo que hoy en esencia somos en este punto de nuestras vidas.
Por ello, queridos maestros, ahora que pretendemos seguir sus nobles pasos, lo fundamental de reflexionar continuamente sobre nuestra labor docente ya que para el niño que inicia su aprendizaje académico y su experiencia de vida, lo fundamental es encontrar en su camino seres maravillosos, capaces de enseñar la sabiduría que guardan sin egoísmos, abriendo el mágico tesoro de los conocimientos humanos con la misma pericia y alegría con la cual el mago nos ilusiona y gana nuestros merecidos aplausos. Sabemos que las circunstancias han cambiado, ¿cuándo no?, y que la sociedad se ha movido tanto que hoy en día más que informar debemos dedicarnos a formar, a desintoxicar el espíritu de los niños de tanto conflictos que traen. Y ello no es tarea fácil. Quizás, queridos maestros, no seamos dignos herederos de su abnegada vocación y lo más posible es que nunca logremos ser merecedores del recuerdo agradecido de alguno de estos distraídos estudiantes que ahora educamos. Es cierto, créanme, ahora nos desesperamos, dudamos en medio de una sociedad de puertas abiertas en donde los padres perdieron el control y el niño en su derecho “al libre desarrollo de la personalidad” puede hacer lo que le venga en gana, confundiéndonos a todos entre lo que es libertad y libertinaje; autoridad y autoritarismo; castigo y maltrato.
Queridos y sublimes maestros, bien que les recordemos pues a ustedes, en realidad, todas las personas felices de este mundo debemos nuestro lugar en la historia y la plenitud de haber desarrollado con sinceridad tal o cual arte, profesión u oficio, aun en contra de monstruosos sistemas educativos, más al servicio de sospechosos intereses político que humanos.
Nada tenemos en contra de la educación formal y como hijos suyos más que nadie quisiéramos que todos sus funcionarios, asesores, técnicos y nuevos profesores recordaran a quienes –como ustedes para mí, queridos maestros- hicieron de sus primeros años de educación la época más agradable y esperanzadora de un porvenir que anhelamos impacientes sin saber que el tiempo no retrocede nunca ni se recupera jamás.
Queridos maestros, (mencione cada quien los suyos…), hay quienes creen que la educación es mejor porque se disponga de un computador o de un tablero electrónico para enseñar, ¡pero qué va! La educación es, y será, siempre mejor en la medida en que sea organizada alrededor de los sentimientos sinceros y de las actitudes de quienes por años se han preparado, ya en la vida, ya en la universidad, para desarrollar su vocación sin rencores ni miedos ni protagonismos. ¡Ah, cómo recordamos nuestros humildes salones en los cuales ustedes, héroes de otro mundo, nos inculcaban respeto, valores, sabiduría, a punta de la magia de las palabras y de sus buenos ejemplos! -¡Y cómo nos compadeceremos siempre por quienes, fieles al libreto del sistema, nos amenazaron con sus gritos y nos castigaron con sus reglas por no sabernos de memoria, con pelos y señales, la lección copiada en la aburrida clase de la tarde anterior!
Bueno, queridos maestros, la tradición de enseñar y aprender aún persiste de generación en generación, como norma social y cultural y la noción de formar integralmente hoy nos exige inmiscuirnos en las preocupaciones más íntimas de nuestros alumnos y los conflictos que se padecen en sus hogares, quedando casi relegada la enseñanza de contenidos, hecho que no debiera preocuparnos pues la tecnología que a nosotros nos atropella a ellos, seres traviesos, curiosos y genéticamente digitales, les atrae como las flores a las abejas, lo cual nos indica que en estas novedades, con actitud y sentimiento, debemos apoyarnos un poco para hacer de la educación el rato feliz que cualquier niño normal busca en las cuatro paredes en que sus propios padres lo encierran porque no lo toleran en casa.
Finalmente, la referencia a los buenos maestros de los cuales hablamos, incluye, por supuesto, a nuestros padres o personas adultas que rodearon nuestra niñez y adolescencia, pues en ellos –al menos antes lo era- encontrábamos a nuestros más importantes modelos, no tanto por su formación académica sino por aquello de que “el ejemplo educa”.
Queridos maestros, hay en estas malogradas palabras un infinito agradecimiento.
Su alumno,
2/17/2010
Bien, hablemos del cuento (II)
Ya dije, recuerdo, que el profesor Edmundo Ramos Vives también me facilitaba como materiales de lectura libros de Julio Cortázar, los cuales leía con avidez y le regresaba juiciosamente para que me siguiera prestando. No sé, el profesor Edmundo se le había antojado que mis cuentos (los que él había leído hasta el momento) tenían cierta influencia de la fantasía del afamado autor, apreciación que no me causaba ninguna gracia pero que más bien me era indiferente pues apenas me iniciaba en la lectura profunda de algunos autores, por fuera de la visión académica.
La verdad es que le tomé cariño al argentino y me leí casi todos sus libros de cuentos, y aún ahora suelo releerlos con la misma emoción de la vez primera. Es, entonces, ahora el turno para apoyarme en Julio Cortázar para que hablemos del cuento, asunto que de inmediato paso a tratar antes de que me pierda en mis acostumbrados rodeos, consecuencia directa de trabajar con el pensamiento y querer contarlo todo al mismo tiempo, lo cual técnicamente no es posible.
Sin más, entonces, estos resumidos y conversados Aspectos del cuento, en la visión de Julio Cortázar:
1. Una apreciación muy personal
Es posible que algunas de mis ideas sorprendan o choquen a quienes las lean, me parece de una elemental honradez definir el tipo de narración que me interesa, señalando mi especial manera de entender el mundo.
2. ¿Es posible una clasificación?
Casi todos los cuentos que he escrito pertenecen al género llamado fantástico por falta de mejor nombre, y se oponen a ese falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse como lo daba por sentado el optimismo filosófico y científico del siglo XVIII, es decir, dentro de un mundo regido más o menos armoniosamente por un sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa y efecto, de psicologías definidas, de geografía bien cartografiadas. (…)
Tengo la certidumbre de que existen ciertas constantes, ciertos valores que se aplican a todos los cuentos, fantásticos o realistas, dramáticos o humorísticos. Y pienso que tal vez sea posible mostrar aquí esos elementos invariables que dan a un buen cuento su atmósfera peculiar y su calidad de obra de arte.
3. El cuento en Latinoamérica
Entre nosotros, como es natural en las literaturas jóvenes, la creación espontánea precede casi siempre al examen crítico, y está bien que así sea. Nadie puede pretender que los cuentos sólo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco encasillable; en segundo lugar los teóricos y los críticos no tienen por qué ser los cuentistas mismos, y es natural que aquellos sólo entren en escena cuando exista ya un acervo, un acopio de literatura que permita indagar y esclarecer su desarrollo y sus cualidades.
En América, tanto en Cuba como en México o Chile o Argentina, una gran cantidad de cuentistas trabaja desde comienzos de siglo, sin conocerse entre sí, descubriéndose a veces de manera casi póstuma. (…) Es un género que entre nosotros tiene una importancia y una vitalidad que crecen de día en día. Alguna vez se harán las antologías definitivas -como las hacen los países anglosajones, por ejemplo- y se sabrá hasta dónde hemos sido capaces de llegar. Por el momento no me parece inútil hablar del cuento en abstracto, como género literario…
4. Cuento versus novela
Para entender el carácter peculiar del cuento se le suele comparara con la novela, género mucho más popular y sobre el cual abundan las preceptivas. Se señala, por ejemplo, que la novela se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de la lectura, sin otro límite que el agotamiento de la materia novelada; por su parte, el cuento parte de la noción de límite, y en primer término de límite físico, al punto que en Francia, cuando un cuento excede las veinte páginas, toma ya el nombre de nouvelle, género a caballo entre el cuento y la novela propiamente dicha. En ese sentido, la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un "orden abierto", novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación.
Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases.
5. Cuentista y fotógrafo
No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brasai definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara.
El fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos, sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucha más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento.
6. Pero el buen cuentista…
El buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran, y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condenados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa "apertura" a que me refería antes.
7. ¿Cuándo un cuento es malo?
No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni temas malos, solamente hay un buen o un mal tratamiento del tema. Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá, acercarnos mejor a la estructura misma del cuento.
8. El tema
Un cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del mundo, comprometido en mayor o en menor grado con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Este escoger un tema no tan es sencillo. A veces el cuentista escoge, y otras veces siente como si el tema se le impusiera irresistiblemente, lo empujara a escribirlo. En mi caso, la gran mayoría de mis cuentos fueron escritos -cómo decirlo- al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi conciencia razonante, como si yo no fuera más que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena. Pero eso, que puede depender del temperamento de cada uno, no altera el hecho esencial, y es que en un momento dado hay tema, ya sea inventado o escogido voluntariamente, o extrañamente impuesto desde un plano donde nada es definible. Hay tema, repito, y ese tema va a volverse cuento. Antes que ello ocurra, ¿qué podemos decir del tema en sí? ¿Por qué ese tema y no otro? ¿Qué razones mueven consciente o inconscientemente al cuentista a escoger un determinado tema?
A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba de ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotan virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía conciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más complejo y hermosos? Muchas veces me he preguntado cuál es la virtud de ciertos cuentos inolvidables. En el momento los leímos junto con muchos otros, que incluso podían ser de los mismos autores. Y he aquí que los años han pasado, y hemos vivido y olvidado tanto. Pero esos pequeños, insignificantes cuentos, esos granos de arena en el inmenso mar de la literatura, siguen ahí, latiendo
9. Significación
El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo, al punto que un vulgar episodio doméstico, como ocurre en tantos admirables relatos de una Katherine Mansfield o un Sherwood Anderson, se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo quemante de un orden social o histórico.
Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta. Pienso, por ejemplo, en el tema de la mayoría de los admirables relatos de Antón Chejov. ¿Qué hay allí que no sea tristemente cotidiano, mediocre, muchas veces conformista o inútilmente rebelde? Lo que se cuenta en esos relatos es casi lo que de niños, en las aburridas tertulias que debíamos compartir con los mayores, escuchábamos contar a los abuelos o a las tías; la pequeña, insignificante crónica familiar de ambiciones frustradas, de modestos dramas locales, de angustias a la medida de una sala, de un piano, de un té con dulces. Y, sin embargo, los cuentos de Katherine Mansfield, de Chéjov, son significativos, algo estalla en ellos mientras los leemos y nos proponen una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada.
Esa significación misteriosa no reside solamente en el tema del cuento, porque en verdad la mayoría de los malos cuentos que todos hemos leído contienen episodios similares a los que tratan los autores nombrados.
La idea de significación no puede tener sentido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensión, que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el tema. Y es aquí donde, bruscamente, se produce el deslinde entre el buen y el mal cuentista. Por eso habremos de detenernos con todo el cuidado posible en esta encrucijada, para tratar de entender un poco más esa extraña forma de vida que es un cuento logrado, y ver por qué está vivo mientras otros, que aparentemente se le parecen, no son más que tinta sobre papel, alimento para el olvido.
Hay que aclarar mejor esta noción de temas significativos. Un mismo tema puede ser profundamente significativo para un escritor, y anodino para otro; un mismo tema despertará enormes resonancias en un lector, y dejará indiferente a otro. En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente significativos o absolutamente insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores. Por eso, cuando decimos que un tema es significativo, como en el caso de los cuentos de Chejov, esa significación se ve determinada en cierta medida por algo que está fuera del tema en sí, por algo que está antes y después del tema. Lo que está antes es el escritor, con su carga de valores humanos y literarios, con su voluntad de hacer una obra que tenga un sentido; lo que está después es el tratamiento literario del tema, la forma en que el cuentista, frente a su tema, lo ataca y sitúa verbal y estilísticamente, lo estructura en forma de cuento, y lo proyecta en último término hacia algo que excede el cuento mismo. Aquí me parece oportuno mencionar un hecho que me ocurre con frecuencia, y que otros cuentistas amigos conocen tan bien como yo. Es habitual que en el curso de una conversación, alguien cuente un episodio divertido o conmovedor o extraño, y que dirigiéndose luego al cuentista presente le diga: "Ahí tienes un tema formidable para un cuento; te lo regalo." A mí me han regalado en esa forma montones de temas, y siempre he contestado amablemente: "Muchas gracias", y jamás he escrito un cuento con ninguno de ellos. Sin embargo, cierta vez una amiga me contó distraídamente las aventuras de una criada suya en París. Mientras escuchaba su relato, sentí que eso podía llegar a ser un cuento. Para ella esos episodios no eran más que anécdotas curiosas; para mí, bruscamente, se cargaban de un sentido que iba mucho más allá de su simple y hasta vulgar contenido. Por eso, toda vez que me he preguntado: ¿Cómo distinguir entre un tema insignificante, por más divertido o emocionante que pueda ser, y otro significativo?, he respondido que el escritor es el primero en sufrir ese efecto indefinible pero avasallador de ciertos temas, y que precisamente por eso es un escritor.
10. Intensidad y tensión
La única forma en que puede conseguirse este secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su sentido más primordial. Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige. Ninguno de ustedes habrá olvidado El barril de amontillado, de Edgar A. Poe. Lo extraordinario de este cuento es la brusca prescindencia de toda descripción de ambiente. A la tercera o cuarta frase estamos en el corazón del drama, asistiendo al cumplimiento implacable de una venganza. Los asesinos, de Hemingway, es otro ejemplo de intensidad obtenida mediante la eliminación de todo lo que no converja esencialmente al drama. Pero pensemos ahora en los cuentos de Joseph Conrad, de D. H. Lawrence, de Kafka. En ellos, con modalidades típicas de cada uno, la intensidad es de otro orden, y yo prefiero darle el nombre de tensión. Es una intensidad que se ejerce en la manera con que el autor nos va acercando lentamente a lo contado. Todavía estamos muy lejos de saber lo que va a ocurrir en el cuento, y sin embargo no podemos sustraernos a su atmósfera. En el caso de El barril de amontillado y de Los asesinos, los hechos despojados de toda preparación saltan sobre nosotros y nos atrapan; en cambio, en un relato demorado y caudaloso de Henry James -La lección del maestro, por ejemplo- se siente de inmediato que los hechos en sí carecen de importancia, que todo está en las fuerzas que los desencadenaron, en la malla sutil que los precedió y los acompaña. Pero tanto la intensidad de la acción como la tensión interna del relato son el producto de lo que antes llamé el oficio de escritor.
En mi país, y ahora en Cuba, he podido leer cuentos de los autores más variados: maduros o jóvenes, de la ciudad o del campo, entregados a la literatura por razones estéticas o por imperativos sociales del momento, comprometidos o no comprometidos. Pues bien, y aunque suene a perogrullada, tanto en la Argentina como aquí los buenos cuentos los están escribiendo quienes dominen el oficio en el sentido ya indicado. Un ejemplo argentino aclarará mejor esto. En nuestras provincias centrales y norteñas existe una larga tradición de cuentos orales, que los gauchos se transmiten de noche en torno al fogón, que los padres siguen contando a sus hijos, y que de golpe pasan por la pluma de un escritor regionalista y, en una abrumadora mayoría de casos, se convierten en pésimos cuentos. ¿Qué ha sucedido? Los relatos en sí son sabrosos, traducen y resumen la experiencia, el sentido del humor y el fatalismo del hombre de campo; algunos incluso se elevan a la dimensión trágica o poética. Cuando uno los escucha de boca de un viejo criollo, entre mate y mate, siente como una anulación del tiempo, y piensa que también los aedos griegos contaban así las hazañas de Aquiles para maravilla de pastores y viajeros. Pero en ese momento, cuando debería surgir un Homero que hiciese una Iliada o una Odisea de esa suma de tradiciones orales, en mi país surge un señor para quien la cultura de las ciudades es un signo de decadencia, para quien los cuentistas que todos amamos son estetas que escribieron para el mero deleite de clases sociales liquidadas, y ese señor entiende en cambio que para escribir un cuento lo único que hace falta es poner por escrito un relato tradicional, conservando todo lo posible el tono hablado, los giros campesinos, las incorrecciones gramaticales, eso que llaman el color local. No sé si esa manera de escribir cuentos populares se cultiva en Cuba; ojalá que no...
11. Mi colección de cuentos
¿No es verdad que cada uno tiene su colección de cuentos? Yo tengo la mía, y podría dar algunos nombres. Tengo William Wilson de Edgar A. Poe; tengo Bola de sebo de Guy de Maupassant. Los pequeños planetas giran y giran: ahí está Un recuerdo de Navidad de Truman Capote; Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de Jorge Luis Borges; Un sueño realizado de Juan Carlos Onetti; La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi; Cincuenta de los grandes, de Hemingway; Los soñadores, de Izak Dinesen, y así podría seguir y seguir... Ya habrán advertido ustedes que no todos esos cuentos son obligatoriamente de antología. ¿Por qué perduran en la memoria? Piensen en los cuentos que no han podido olvidar y verán que todos ellos tienen la misma característica: son aglutinantes de una realidad infinitamente más vasta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto. Y ese hombre que en un determinado momento elige un tema y hace con él un cuento será un gran cuentista si su elección contiene -a veces sin que él lo sepa conscientemente- esa fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros, dará su sombra en nuestra memoria.
12. La creación
El cuentista está frente a su tema, frente a ese embrión que ya es vida, pero que no ha adquirido todavía su forma definitiva. Para él ese tema tiene sentido, tiene significación. Pero si todo se redujera a eso, de poco serviría; ahora, como último término del proceso, como juez implacable, está esperando al lector, el eslabón final del proceso creador, el cumplimiento o fracaso del ciclo. Y es entonces que el cuento tiene que nacer puente, tiene que nacer pasaje, tiene que dar el salto que proyecte la significación inicial, descubierta por el autor, a ese extremo más pasivo y menos vigilante y muchas veces hasta indiferente que se llama lector. Los cuentistas inexpertos suelen caer en la ilusión de imaginar que les basta escribir lisa y llanamente un tema que los ha conmovido, para conmover a su turno a los lectores. Incurren en la ingenuidad de aquel que encuentra bellísimo a su hijo, y da por supuesto que todos los demás lo ven igualmente bello. Con el tiempo, con los fracasos, el cuentista capaz de superar esa primera etapa ingenua, aprende que en la literatura no bastan las buenas intenciones. Descubre que para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con sus circunstancias de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa.
***
No ha sido difícil llenar este recuerdo con las apreciaciones de nuestro querido Julio Cortázar, texto escrito en esta ocasión con el humilde ánimo de ponerlo al servicio de los estudiantes-narradores jóvenes que quizás ya no cuenten en la UA con las emociones del profesor Edmundo Ramos Vives -¿Qué será de su vida?...
La verdad es que le tomé cariño al argentino y me leí casi todos sus libros de cuentos, y aún ahora suelo releerlos con la misma emoción de la vez primera. Es, entonces, ahora el turno para apoyarme en Julio Cortázar para que hablemos del cuento, asunto que de inmediato paso a tratar antes de que me pierda en mis acostumbrados rodeos, consecuencia directa de trabajar con el pensamiento y querer contarlo todo al mismo tiempo, lo cual técnicamente no es posible.
Sin más, entonces, estos resumidos y conversados Aspectos del cuento, en la visión de Julio Cortázar:
1. Una apreciación muy personal
Es posible que algunas de mis ideas sorprendan o choquen a quienes las lean, me parece de una elemental honradez definir el tipo de narración que me interesa, señalando mi especial manera de entender el mundo.
2. ¿Es posible una clasificación?
Casi todos los cuentos que he escrito pertenecen al género llamado fantástico por falta de mejor nombre, y se oponen a ese falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse como lo daba por sentado el optimismo filosófico y científico del siglo XVIII, es decir, dentro de un mundo regido más o menos armoniosamente por un sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa y efecto, de psicologías definidas, de geografía bien cartografiadas. (…)
Tengo la certidumbre de que existen ciertas constantes, ciertos valores que se aplican a todos los cuentos, fantásticos o realistas, dramáticos o humorísticos. Y pienso que tal vez sea posible mostrar aquí esos elementos invariables que dan a un buen cuento su atmósfera peculiar y su calidad de obra de arte.
3. El cuento en Latinoamérica
Entre nosotros, como es natural en las literaturas jóvenes, la creación espontánea precede casi siempre al examen crítico, y está bien que así sea. Nadie puede pretender que los cuentos sólo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco encasillable; en segundo lugar los teóricos y los críticos no tienen por qué ser los cuentistas mismos, y es natural que aquellos sólo entren en escena cuando exista ya un acervo, un acopio de literatura que permita indagar y esclarecer su desarrollo y sus cualidades.
En América, tanto en Cuba como en México o Chile o Argentina, una gran cantidad de cuentistas trabaja desde comienzos de siglo, sin conocerse entre sí, descubriéndose a veces de manera casi póstuma. (…) Es un género que entre nosotros tiene una importancia y una vitalidad que crecen de día en día. Alguna vez se harán las antologías definitivas -como las hacen los países anglosajones, por ejemplo- y se sabrá hasta dónde hemos sido capaces de llegar. Por el momento no me parece inútil hablar del cuento en abstracto, como género literario…
4. Cuento versus novela
Para entender el carácter peculiar del cuento se le suele comparara con la novela, género mucho más popular y sobre el cual abundan las preceptivas. Se señala, por ejemplo, que la novela se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de la lectura, sin otro límite que el agotamiento de la materia novelada; por su parte, el cuento parte de la noción de límite, y en primer término de límite físico, al punto que en Francia, cuando un cuento excede las veinte páginas, toma ya el nombre de nouvelle, género a caballo entre el cuento y la novela propiamente dicha. En ese sentido, la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un "orden abierto", novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación.
Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases.
5. Cuentista y fotógrafo
No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brasai definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara.
El fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos, sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucha más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento.
6. Pero el buen cuentista…
El buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran, y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condenados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa "apertura" a que me refería antes.
7. ¿Cuándo un cuento es malo?
No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni temas malos, solamente hay un buen o un mal tratamiento del tema. Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá, acercarnos mejor a la estructura misma del cuento.
8. El tema
Un cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del mundo, comprometido en mayor o en menor grado con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Este escoger un tema no tan es sencillo. A veces el cuentista escoge, y otras veces siente como si el tema se le impusiera irresistiblemente, lo empujara a escribirlo. En mi caso, la gran mayoría de mis cuentos fueron escritos -cómo decirlo- al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi conciencia razonante, como si yo no fuera más que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena. Pero eso, que puede depender del temperamento de cada uno, no altera el hecho esencial, y es que en un momento dado hay tema, ya sea inventado o escogido voluntariamente, o extrañamente impuesto desde un plano donde nada es definible. Hay tema, repito, y ese tema va a volverse cuento. Antes que ello ocurra, ¿qué podemos decir del tema en sí? ¿Por qué ese tema y no otro? ¿Qué razones mueven consciente o inconscientemente al cuentista a escoger un determinado tema?
A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba de ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotan virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía conciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más complejo y hermosos? Muchas veces me he preguntado cuál es la virtud de ciertos cuentos inolvidables. En el momento los leímos junto con muchos otros, que incluso podían ser de los mismos autores. Y he aquí que los años han pasado, y hemos vivido y olvidado tanto. Pero esos pequeños, insignificantes cuentos, esos granos de arena en el inmenso mar de la literatura, siguen ahí, latiendo
9. Significación
El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo, al punto que un vulgar episodio doméstico, como ocurre en tantos admirables relatos de una Katherine Mansfield o un Sherwood Anderson, se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo quemante de un orden social o histórico.
Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta. Pienso, por ejemplo, en el tema de la mayoría de los admirables relatos de Antón Chejov. ¿Qué hay allí que no sea tristemente cotidiano, mediocre, muchas veces conformista o inútilmente rebelde? Lo que se cuenta en esos relatos es casi lo que de niños, en las aburridas tertulias que debíamos compartir con los mayores, escuchábamos contar a los abuelos o a las tías; la pequeña, insignificante crónica familiar de ambiciones frustradas, de modestos dramas locales, de angustias a la medida de una sala, de un piano, de un té con dulces. Y, sin embargo, los cuentos de Katherine Mansfield, de Chéjov, son significativos, algo estalla en ellos mientras los leemos y nos proponen una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada.
Esa significación misteriosa no reside solamente en el tema del cuento, porque en verdad la mayoría de los malos cuentos que todos hemos leído contienen episodios similares a los que tratan los autores nombrados.
La idea de significación no puede tener sentido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensión, que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el tema. Y es aquí donde, bruscamente, se produce el deslinde entre el buen y el mal cuentista. Por eso habremos de detenernos con todo el cuidado posible en esta encrucijada, para tratar de entender un poco más esa extraña forma de vida que es un cuento logrado, y ver por qué está vivo mientras otros, que aparentemente se le parecen, no son más que tinta sobre papel, alimento para el olvido.
Hay que aclarar mejor esta noción de temas significativos. Un mismo tema puede ser profundamente significativo para un escritor, y anodino para otro; un mismo tema despertará enormes resonancias en un lector, y dejará indiferente a otro. En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente significativos o absolutamente insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores. Por eso, cuando decimos que un tema es significativo, como en el caso de los cuentos de Chejov, esa significación se ve determinada en cierta medida por algo que está fuera del tema en sí, por algo que está antes y después del tema. Lo que está antes es el escritor, con su carga de valores humanos y literarios, con su voluntad de hacer una obra que tenga un sentido; lo que está después es el tratamiento literario del tema, la forma en que el cuentista, frente a su tema, lo ataca y sitúa verbal y estilísticamente, lo estructura en forma de cuento, y lo proyecta en último término hacia algo que excede el cuento mismo. Aquí me parece oportuno mencionar un hecho que me ocurre con frecuencia, y que otros cuentistas amigos conocen tan bien como yo. Es habitual que en el curso de una conversación, alguien cuente un episodio divertido o conmovedor o extraño, y que dirigiéndose luego al cuentista presente le diga: "Ahí tienes un tema formidable para un cuento; te lo regalo." A mí me han regalado en esa forma montones de temas, y siempre he contestado amablemente: "Muchas gracias", y jamás he escrito un cuento con ninguno de ellos. Sin embargo, cierta vez una amiga me contó distraídamente las aventuras de una criada suya en París. Mientras escuchaba su relato, sentí que eso podía llegar a ser un cuento. Para ella esos episodios no eran más que anécdotas curiosas; para mí, bruscamente, se cargaban de un sentido que iba mucho más allá de su simple y hasta vulgar contenido. Por eso, toda vez que me he preguntado: ¿Cómo distinguir entre un tema insignificante, por más divertido o emocionante que pueda ser, y otro significativo?, he respondido que el escritor es el primero en sufrir ese efecto indefinible pero avasallador de ciertos temas, y que precisamente por eso es un escritor.
10. Intensidad y tensión
La única forma en que puede conseguirse este secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su sentido más primordial. Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige. Ninguno de ustedes habrá olvidado El barril de amontillado, de Edgar A. Poe. Lo extraordinario de este cuento es la brusca prescindencia de toda descripción de ambiente. A la tercera o cuarta frase estamos en el corazón del drama, asistiendo al cumplimiento implacable de una venganza. Los asesinos, de Hemingway, es otro ejemplo de intensidad obtenida mediante la eliminación de todo lo que no converja esencialmente al drama. Pero pensemos ahora en los cuentos de Joseph Conrad, de D. H. Lawrence, de Kafka. En ellos, con modalidades típicas de cada uno, la intensidad es de otro orden, y yo prefiero darle el nombre de tensión. Es una intensidad que se ejerce en la manera con que el autor nos va acercando lentamente a lo contado. Todavía estamos muy lejos de saber lo que va a ocurrir en el cuento, y sin embargo no podemos sustraernos a su atmósfera. En el caso de El barril de amontillado y de Los asesinos, los hechos despojados de toda preparación saltan sobre nosotros y nos atrapan; en cambio, en un relato demorado y caudaloso de Henry James -La lección del maestro, por ejemplo- se siente de inmediato que los hechos en sí carecen de importancia, que todo está en las fuerzas que los desencadenaron, en la malla sutil que los precedió y los acompaña. Pero tanto la intensidad de la acción como la tensión interna del relato son el producto de lo que antes llamé el oficio de escritor.
En mi país, y ahora en Cuba, he podido leer cuentos de los autores más variados: maduros o jóvenes, de la ciudad o del campo, entregados a la literatura por razones estéticas o por imperativos sociales del momento, comprometidos o no comprometidos. Pues bien, y aunque suene a perogrullada, tanto en la Argentina como aquí los buenos cuentos los están escribiendo quienes dominen el oficio en el sentido ya indicado. Un ejemplo argentino aclarará mejor esto. En nuestras provincias centrales y norteñas existe una larga tradición de cuentos orales, que los gauchos se transmiten de noche en torno al fogón, que los padres siguen contando a sus hijos, y que de golpe pasan por la pluma de un escritor regionalista y, en una abrumadora mayoría de casos, se convierten en pésimos cuentos. ¿Qué ha sucedido? Los relatos en sí son sabrosos, traducen y resumen la experiencia, el sentido del humor y el fatalismo del hombre de campo; algunos incluso se elevan a la dimensión trágica o poética. Cuando uno los escucha de boca de un viejo criollo, entre mate y mate, siente como una anulación del tiempo, y piensa que también los aedos griegos contaban así las hazañas de Aquiles para maravilla de pastores y viajeros. Pero en ese momento, cuando debería surgir un Homero que hiciese una Iliada o una Odisea de esa suma de tradiciones orales, en mi país surge un señor para quien la cultura de las ciudades es un signo de decadencia, para quien los cuentistas que todos amamos son estetas que escribieron para el mero deleite de clases sociales liquidadas, y ese señor entiende en cambio que para escribir un cuento lo único que hace falta es poner por escrito un relato tradicional, conservando todo lo posible el tono hablado, los giros campesinos, las incorrecciones gramaticales, eso que llaman el color local. No sé si esa manera de escribir cuentos populares se cultiva en Cuba; ojalá que no...
11. Mi colección de cuentos
¿No es verdad que cada uno tiene su colección de cuentos? Yo tengo la mía, y podría dar algunos nombres. Tengo William Wilson de Edgar A. Poe; tengo Bola de sebo de Guy de Maupassant. Los pequeños planetas giran y giran: ahí está Un recuerdo de Navidad de Truman Capote; Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de Jorge Luis Borges; Un sueño realizado de Juan Carlos Onetti; La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi; Cincuenta de los grandes, de Hemingway; Los soñadores, de Izak Dinesen, y así podría seguir y seguir... Ya habrán advertido ustedes que no todos esos cuentos son obligatoriamente de antología. ¿Por qué perduran en la memoria? Piensen en los cuentos que no han podido olvidar y verán que todos ellos tienen la misma característica: son aglutinantes de una realidad infinitamente más vasta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto. Y ese hombre que en un determinado momento elige un tema y hace con él un cuento será un gran cuentista si su elección contiene -a veces sin que él lo sepa conscientemente- esa fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros, dará su sombra en nuestra memoria.
12. La creación
El cuentista está frente a su tema, frente a ese embrión que ya es vida, pero que no ha adquirido todavía su forma definitiva. Para él ese tema tiene sentido, tiene significación. Pero si todo se redujera a eso, de poco serviría; ahora, como último término del proceso, como juez implacable, está esperando al lector, el eslabón final del proceso creador, el cumplimiento o fracaso del ciclo. Y es entonces que el cuento tiene que nacer puente, tiene que nacer pasaje, tiene que dar el salto que proyecte la significación inicial, descubierta por el autor, a ese extremo más pasivo y menos vigilante y muchas veces hasta indiferente que se llama lector. Los cuentistas inexpertos suelen caer en la ilusión de imaginar que les basta escribir lisa y llanamente un tema que los ha conmovido, para conmover a su turno a los lectores. Incurren en la ingenuidad de aquel que encuentra bellísimo a su hijo, y da por supuesto que todos los demás lo ven igualmente bello. Con el tiempo, con los fracasos, el cuentista capaz de superar esa primera etapa ingenua, aprende que en la literatura no bastan las buenas intenciones. Descubre que para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con sus circunstancias de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa.
***
No ha sido difícil llenar este recuerdo con las apreciaciones de nuestro querido Julio Cortázar, texto escrito en esta ocasión con el humilde ánimo de ponerlo al servicio de los estudiantes-narradores jóvenes que quizás ya no cuenten en la UA con las emociones del profesor Edmundo Ramos Vives -¿Qué será de su vida?...
2/14/2010
Bienvenida tu ausencia
“Como si la ausencia fuera
remedio para olvidar...”
R.E.
El hombre apuntó y esperó que la manchita negra se quedara inmóvil y confiada; entonces dejó caer el golpe suave y mortal y la aplastó encima de la mesa. Desde el otro extremo lo miré. Esperaba que levantara la cabeza hacia donde yo me encontraba para sonreírle. Pero el hombre no miró. Lo había estado observando desde hacía rato, siguiéndole cada golpe, contándole cada víctima: treinta y seis en el transcurso de las cuatro cervezas que me había bebido. El hombre cogió por las alas el cuerpecito sangrante y lo echó en una cajita portacomida. Enseguida pasó un trapo húmedo por la mesa y volvió a esperar estático con el matamoscas sostenido en el aire. Para nadie en el puerto era desconocido el destino final de las moscas. Pensé que el hombre cazador-de-moscas no era más que un estúpido y lo mandé a los mil diablos.
En definitiva, me desentendí del hombre-cazador-de-moscas y deslicé la vista hasta el mar verde blancuzco que se detenía casi en las mismas espaldas del hombre. Por primera desde que salí del hotel pensé en Angélica. Me la inventé lejana, mirando desde una ventana hacia una calle despoblada y polvorienta. A esa hora el puerto era una hilera de cosas irreales, transfiguradas y temblorosas bajo el disco anaranjado de la tarde. Sentí que diciembre era un cuchillo interminable y filoso abriéndome las entrañas. Me di valor, pero no pude evitar las ganas de llorar. Un suspiro de nostalgia se me escapó desde lo más hondo. Busqué la playa desierta. Vi una bandada de gaviotas jóvenes y sin brújula aprendiendo a volar. En todo el horizonte era domingo y el mar se iba quedando vacío, sin el ruido de los turistas que comenzaban a recoger sus cosas y a marcharse con sus pieles cancerosas rumbo a las calles huérfanas de Barranquilla.
A pesar de las ganas no pude llorar. Necesitaba llorar, pero mi autocensura era mayor que mi sensibilidad. Noté que desde el fondo de la cantina el muchacho observaba al hombre cazador-de-moscas. Le hice señas pidiéndole otra cerveza. Más notorio que el mismo muchacho, como un cliente ebrio, un traganíquel voluminoso dejaba escapar sin prisa la letra de una canción que parecía inspirarse en mí. La música es más humana que la literatura, me dije.
Angélica volvió a pasarme por los ojos con su trajecito de flores pálidas, los pasos cortos, el cuerpecito frágil y liviano como queriendo elevarse por encima de la raya del horizonte. De repente, Angélica se nubló. La sombra sin contornos del hombre con su cajita de cartón se acercaba a embestirme. Intenté disimular la vista en otra parte, esperando que la sombra me ignorara. Pero ya el hombre estaba allí rompiendo el aire de un manotazo circular y diciendo:
-Diciembre es un mes hermoso, señor...
Quise que la voz infantil, casi sin erres, pasara de largo y se extraviara detrás del mostrador, pero el silencio inoportuno del traganíquel me la empujó en los oídos. Tuve que responder: “Así parece”, mientras fabricaba una sonrisa. Entonces el hombre, la cara desconcertada, enjarrados los brazos, se puso detrás de mí, observando un punto imaginario en el mar. Después volvió a repararme y ya convencido de que yo no agregaría nada más preguntó, casi afirmando:
-¿Usted es el mismo de la otra vez?
-No... ¡No!... -Respondí contrariado.
-¡Ah sí! Usted es, lo recuerdo muy bien. ¡Sí señor! -Dijo el hombre al mismo tiempo que pareció acordarse de algún asunto importante y se marchó de prisa en busca del muchacho del mostrador.
Por mi parte, conservé el rostro calmado. Una vez más me habían reconocido. Me sentí desnudo y pensé que ya en todo el puerto se hablaba de mi presencia. Ahora me parecía descifrar una extraña intención en la mujer del hotel y en la amabilidad -¿lástima?- de la gente de la plaza. Se me antojó creer que el asunto tomaba cierto brillo, cierto olor a la tristeza que llevaba por dentro y que nadie me quitaría. Presentí que tampoco este diciembre sería tan trágico como había planeado. No habría muerte. Yo continuaría así de por vida. ¿Para qué un sacrificio que todos esperaban? Los sobres de veneno en el bolsillo y el revolver en la maleta ya no tenían ninguna importancia. Años y años perfeccionando la idea del sacrificio y de un instante a otro comprendía que era absurda, inútil. Ciertamente, yo era un escritor y tenía más derecho que nadie a pensar en el suicidio, pero ¿acaso un escritor no debe soportar todas las penalidades que la existencia le ofrece? ¿Por qué no vivir hasta los últimos días de mi existencia compartiendo la presencia-ausencia de Angélica, permitiendo que año tras año ella reviviese en este puerto donde la amé? ¿Acaso yo mismo no la había alejado de mí? Quizás algún día -¡Algún día!- yo tendría suficientes fuerzas para sacudirme de este pasado desteñido que aún empeñaba en alimentar. Este pasado por el cual habría estado al borde de las peores tinieblas.
El chapoteo de las olas me trajo a la realidad exterior. Dejé de pensar. Me aparté del mar y busqué la sombra rechoncha que ya se había escurrido por una puerta oculta a un costado del traganíquel. Acudí al muchacho.
-¿Sí? -Contestó a mi llamado.
-¿Cómo te llamas?
-Juan.
-¿Eres nuevo por aquí?
-Sí, dejé la escuela a mitad de año y ahora trabajo con Joseph Wang.
-¿Con quién?
-Con el dueño, así se llama. Es mejor que estar con mi papá. Joseph no me obliga a estudiar y aquí nado cuando quiera.
-¿Y tu mamá?
-No sé, mi papá dice que se fue... Eso me dijo cuando le pregunté.
-¡Así son las mujeres! Se van sin avisar.
El muchacho se entristeció, suspiró y dijo:
-No me importa.
-¡Qué vamos a hacer, hombre! -Lo consolé y desvié la conversación. -Dile a Joseph que quiero hablar con él.
-¿Con Joseph? Ahora no -contestó el muchacho. Alzó los hombros como disculpándose-. Cuando entra a la cocina no lo saca nadie. ¡Le gustan tanto las moscas!
Pensé en la cajita portacomida y me empiné el último trago de cerveza tibia y amarga. Busqué la sonrisa complaciente de Angélica que parecía mirarme desde más allá de mi memoria. “Lo recuerdo muy bien”, martillé las palabras. Todos me habían reconocido. Ya no era un inadvertido turista de diciembre. Era el hombre que todos habían estado esperando para decirle precisamente que lo recordaban muy bien. Era el hombre que había venido a reunir cada uno de los recuerdos de Angélica, la mujer que había inventado en alguna época de mi vida para llevar una existencia normal, común y corriente; la mujer por la cual hubiese abandonado las calles de Barranquilla para internarme en la más remota de las aldeas. Pero al final los dos temimos a la misma vida común y proseguimos nuestros rumbos distintos. Después de todo, como le dije alguna vez, la persona que uno cree amar es apenas una lejana aproximación de la persona que en realidad va amarse. La partida de Angélica aumentó mi desconfianza en la vida, pero así mismo dejó en claro que mi destino era la literatura, no otra forma de felicidad inferior. “Bienvenida tu ausencia”, me consoló una voz que era la mía y al mismo tiempo no lo era. La soledad no está fuera del hombre, está en el hombre, reflexioné.
Esto me pertenece, comprendí. El hombre-cazador-de-moscas, la música que correspondía tanto a mí, la mujer amable del hotel, los buses largos y amarillos de la plaza. El puerto no podría ser mi tumba como lo había prometido, aunque de cierto modo sí lo era. Sería un refugio poblado de angustias y recuerdos; de invenciones y sueños frente al mar. Quizás todo esto eran extrañas formas de esa felicidad que me había rozado por breves instantes y que había seguido de largo, abandonándome en una ciudad de la que nunca podría salir. Dejé los sobres en la mesa.
Ahora me resignaba. Yo era un escritor y eso justificaba todo.
A lo lejos la raya del horizonte y el disco anaranjado y vencido estaban a punto de besarse y fundirse en una sola cosa. “Diciembre apenas comienza, habrá mucho tiempo para pensar”, me dije, consolándome ante la tarde ya irreversiblemente gris. Le hice señas al muchacho que ya recogía los bancos y las mesas.
-¿Cuánto te debo?
-Tres mil seiscientos -contestó el muchacho sin mirar las botellas vacías, como si hubiese ansiado la pregunta desde hacía siglos.
-Guárdate el cambio. Dile a Joseph que mañana regresaré.
-¿Y los sobres? -Preguntó el muchacho apuntando a la mesa.
-Es veneno de rata. Te los dejo.
-Aquí sólo hay moscas, señor...
-Guárdalos, de algo te servirán.
Me alejé, dejándole las gracias al muchacho en el aire. Sentí en mi espalda la mirada del muchacho y del hombre-cazador-de-moscas. Cuando me volví ya los dos, entrelazados los cuerpos, silenciosos, indiferentes a mí, se hundían en las primeras sombras de la cantina.
2/09/2010
Bien, terminemos el cuento (III)
En esta ocurrencia de reiterar estos apuntes sobre el cuento había presupuestado reunir un conjunto de variadas apreciaciones, conforme el valor que doy a sus autores, pero en este punto me dije, basta de abusos con lo fácil y abandonemos ya este caprichoso y presuntuoso interés. Bueno, recordamos tantos de nuestra predilección pero sabemos que cada narrador se va encontrando en el camino con los autores que merece y, en consecuencia, inútil resulta recomendarlos, máxime cuando la técnica es posterior a la vocación.
No obstante, concluyo esta línea temática con Unas palabras sobre el cuento, breve pero contundente aporte de Augusto Monterroso que, ya tomemos en serio o en broma, nos hace sentir culpables por habernos gastado demasiadas ideas en tan retrajinado panorama.
Bien, leamos sin más consideraciones:
Si a uno le gustan las novelas, escribe novelas; si le gustan los cuentos, uno escribe cuentos. Como a mí me ocurre lo último, escribo cuentos. Pero no tantos: seis en nueve años, ocho en doce. Y así.
Los cuentos que uno escribe no pueden ser muchos. Existen tres, cuatro o cinco temas; algunos dicen que siete. Con ésos debe trabajarse.
Las páginas también tienen que ser sólo unas cuantas, porque pocas cosas hay tan fáciles de echar a perder como un cuento. Diez líneas de exceso y el cuento se empobrece; tantas de menos y el cuento se vuelve una anécdota y nada más odioso que las anécdotas demasiado visibles, escritas o conversadas.
La verdad es que nadie sabe cómo debe ser un cuento. El escritor que lo sabe es un mal cuentista, y al segundo cuento se le nota que sabe, y entonces todo suena falso y aburrido y fullero. Hay que ser muy sabio para no dejarse tentar por el saber y la seguridad.
No obstante, concluyo esta línea temática con Unas palabras sobre el cuento, breve pero contundente aporte de Augusto Monterroso que, ya tomemos en serio o en broma, nos hace sentir culpables por habernos gastado demasiadas ideas en tan retrajinado panorama.
Bien, leamos sin más consideraciones:
Si a uno le gustan las novelas, escribe novelas; si le gustan los cuentos, uno escribe cuentos. Como a mí me ocurre lo último, escribo cuentos. Pero no tantos: seis en nueve años, ocho en doce. Y así.
Los cuentos que uno escribe no pueden ser muchos. Existen tres, cuatro o cinco temas; algunos dicen que siete. Con ésos debe trabajarse.
Las páginas también tienen que ser sólo unas cuantas, porque pocas cosas hay tan fáciles de echar a perder como un cuento. Diez líneas de exceso y el cuento se empobrece; tantas de menos y el cuento se vuelve una anécdota y nada más odioso que las anécdotas demasiado visibles, escritas o conversadas.
La verdad es que nadie sabe cómo debe ser un cuento. El escritor que lo sabe es un mal cuentista, y al segundo cuento se le nota que sabe, y entonces todo suena falso y aburrido y fullero. Hay que ser muy sabio para no dejarse tentar por el saber y la seguridad.
2/07/2010
El poema del pintor
Carlos Flórez dedicó su extraviada existencia a la pintura y a pesar de su ya lejano trágico fallecimiento su recuerdo me resulta ineludible pues durante años he conservado un singular cuadro que alguna vez me obsequió o negoció a cambio de una cerveza en los alrededores de la Universidad del Atlántico. Mi amigo Lewis Morales también cuelga otro que no quise o no pude llevarme a casa y que cada día da más pena y tristeza pedírselo. Dos "Flórez" muy distintos y de los cuales algún día me referiré.
Sí, algún día escribiré de éstos y de Carlos Flórez en las justas proporciones del recuerdo de este pintor callejero a quien muchos temían por su constante ebriedad y sus actitudes de loco.
En esta ocasión transcribo un breve poema suyo que en un arranque de no-se-qué escribió intempestivamente en una hoja de papel que me arrebató de las manos, poema que en esta noche de domingo ha saltado de entre un montón de manuscritos viejos que se me dio por revisar. El hallazgo puede resultar insignificante para ustedes; para mí es la vida de un ser humano que pasó, con sus buenas y sus malas, entre nosotros y que paulatina –y casi voluntariamente- cumplió su cita con la muerte.
Discúlpenme el sentimiento (y el poema del pintor)
Sé que nací del recuerdo
perdido
como yo
Sé, que escritores
pintores
etcras (¿etc.?)
Sé, que ser honesto
es mentir
Sé que sabrán
entender
lo no comprendido
Sé que amo
mi calle mi falta de todo
menos de Dios.
A ustedes, Flórez
Sí, algún día escribiré de éstos y de Carlos Flórez en las justas proporciones del recuerdo de este pintor callejero a quien muchos temían por su constante ebriedad y sus actitudes de loco.
En esta ocasión transcribo un breve poema suyo que en un arranque de no-se-qué escribió intempestivamente en una hoja de papel que me arrebató de las manos, poema que en esta noche de domingo ha saltado de entre un montón de manuscritos viejos que se me dio por revisar. El hallazgo puede resultar insignificante para ustedes; para mí es la vida de un ser humano que pasó, con sus buenas y sus malas, entre nosotros y que paulatina –y casi voluntariamente- cumplió su cita con la muerte.
Discúlpenme el sentimiento (y el poema del pintor)
Sé que nací del recuerdo
perdido
como yo
Sé, que escritores
pintores
etcras (¿etc.?)
Sé, que ser honesto
es mentir
Sé que sabrán
entender
lo no comprendido
Sé que amo
mi calle mi falta de todo
menos de Dios.
A ustedes, Flórez
1/27/2010
Luis Paéz Barraza
En estos textos de entrenamiento a los que me dedico por estos días, no puedo dejar de pensar en lo que significa la tarea de escribir y las consecuencias de tal vocación. En mi caso he dicho algunas cosas a las cuales ya no quiero recurrir. Quiero partir de emociones actuales y con la alegría de estar escribiendo de nuevo, y con la inocencia de un niño, a los casi cuarenta y cinco años.
Sí en cambio quiero recordar personas, que de una u otra manera, motivaron mi inicial facultad de expresar por escrito lo que muchas veces la timidez me impedía decir por la boca. (En realidad y siendo sincero nadie me enseñó a escribir, en el sentido en que siento que escribir es sencillamente pensar). Pero existen en la vida de los hombres otros seres que ya para bien o ya para mal dejan huellas en uno y lo empujan al éxito o al fracaso, aquí este último entendido como lo superficial del no éxito, pues el fracaso entendido en otra dimensión merece su propio elogio.
Es la hora, y siempre pensé en qué momento sería, de acordarme y sentar por escrito –así fuere en una leve línea- aquella imagen que llevo del profesor de bachillerato Luis Páez Barraza. De él supe que también era escritor cuando por casualidad observé su nombre en la portada de un libro que se titulaba Esta sagrada rutina y el cuál adquirí de manera inmediata en aquella venta callejera de libros usados –leídos- ubicada en un andén casi enfrente del antiguo edificio Murcia de la ciudad de Barranquilla. De este libro, que aún conservo, no es mi interés referirme en el momento, ya que el pensamiento me lleva a saldar la deuda de dedicarle un agradecido comentario a este entrañable profesor.
Desde entonces lo miré diferente y comprendí ese aire de hombre triste que le notaba en su rara y pronunciada frente. Y en verdad supe que el profesor Luis Páez Barraza era un tipo diferente a los demás colegas de aquélla escuela pública en la que cursé mi bachillerato pues muy poco lo veía socializar en la sala de profesores o transitar a lo largo de los pasillos en la búsqueda de algún muchacho para endilgarle alguna falta. No, al profesor Luis Páez Barraza lo veíamos aparecer justo en el preciso momento en que nos correspondía su hora de español y de allí los más atrevidos del grupo lo apodaban “kilométrico”, por aquello de que nunca fallaba. A sus espaldas supongo, pues aunque era más bien un piropo, no creo que de todas maneras fuera el más apropiado o gustase al escritor que yo sabía que era. Quizás también fuera profesor universitario y por ello poco se le veía compartir en nuestra escuela.
Decía que él ni nadie me enseñaron a escribir, pero al igual que la maestra Eucaris, en un grado anterior, sí percibió en mí la vocación y de alguna manera la hizo pública en aquel curso de compañeros mal afamados. Sucedió que en unas de sus singulares clases nos solicitó a manera de actividad que redactáramos un pequeño párrafo con unas pautas que en verdad en esta madrugada no recuerdo. A mi turno de presentarlo, y no sé con qué valor, leí el párrafo cuya primera línea aún recuerdo con la misma nitidez de aquella tarde irrecuperable de estudiante feliz en aquella escuela pública del barrio Las Nieves de la ciudad de Barranquilla:
“Apareció en una noche fría…”
Y al profesor Luis Páez Barraza le bastó escuchar el pequeño párrafo para declarar ante todos los del grupo que el texto leído era diferente al de los demás, que era literario, por esto y aquello, que podía observar en mí cierta virtud de narrador. Esto, lo confieso con la debida humildad, no me hizo escritor pues sentía que interiormente ya lo era, pero me hizo grande de una manera que no puedo explicar y desde entonces seguí escribiendo con mayor interés y entre el profesor Luis Páez Barraza y yo se abrió un tipo de comunicación diferente, sin nunca llegar a ser amigos ni a compartir un espacio de los llamados literarios. Además, entre mis compañeros me gané tal reputación de escritor que uno que otro me comparaba con uno de los de verdad y que me apena mencionar.
He querido (he pensado digo, pues lo escrito hasta el momento en esta noche, ha sido fielmente orientado por las ideas que una tras una se empujan desde el cerebro, aunque reconozco que verdaderamente siento que me rozan el corazón) dedicar estas páginas a mi querido profesor. Esto que acabo de escribir me (pienso un rato…) lleva a reflexionar sobre razón y sentimiento. Sé, disculpen el tono académico, que lo expresado, dicho o escrito, es objeto de una rápida transformación y que por ello se dice que no escribimos o expresamos lo que en verdad pensamos. Por ejemplo digo en una sola oración “El niño que come dulces es mi hijo”, pero en realidad he pensado en dos ideas, una: “El niño come dulces”, otra: “El niño es mi hijo”. Este proceso es esencialmente neurocerebral, pero ¿y entonces de dónde viene ese extraño cosquilleo que se siente ante la nostalgia que produce cada palabra?
Bueno, debo terminar de alguna manera y me preguntó que más falta por decir y si el tema que atraviesa esta hoja virtual es sobre el hecho de escribir o se ha tornado en una rápida semblanza del profesor Luis Páez Barraza. Para establecerlo debo detenerme y combinar ctrl más inicio y releer lo ya producido. (Decido un rato).
Concluyo que ambas opciones requieren de mayor profundidad y menos apasionamiento y aunque es inocultable que el tema lo he desarrollado –pensado- alrededor de la imagen del profesor, considero que aún no lo he agotado lo suficiente, para decirlo de alguna manera, y que debo concertar una nueva cita con el recuerdo y así completar de una vez y para siempre esta deuda pendiente entre mi vocación de escribir y la presencia en este destino del profesor Luis Páez Barraza, a quien una que otra vez he visto caminar en alguna calle de esta ciudad y con el mismo aire de profunda melancolía con la que atravesaba el patio de aquella aún existente escuela pública en donde me inicié clandestinamente como escritor.
Sí en cambio quiero recordar personas, que de una u otra manera, motivaron mi inicial facultad de expresar por escrito lo que muchas veces la timidez me impedía decir por la boca. (En realidad y siendo sincero nadie me enseñó a escribir, en el sentido en que siento que escribir es sencillamente pensar). Pero existen en la vida de los hombres otros seres que ya para bien o ya para mal dejan huellas en uno y lo empujan al éxito o al fracaso, aquí este último entendido como lo superficial del no éxito, pues el fracaso entendido en otra dimensión merece su propio elogio.
Es la hora, y siempre pensé en qué momento sería, de acordarme y sentar por escrito –así fuere en una leve línea- aquella imagen que llevo del profesor de bachillerato Luis Páez Barraza. De él supe que también era escritor cuando por casualidad observé su nombre en la portada de un libro que se titulaba Esta sagrada rutina y el cuál adquirí de manera inmediata en aquella venta callejera de libros usados –leídos- ubicada en un andén casi enfrente del antiguo edificio Murcia de la ciudad de Barranquilla. De este libro, que aún conservo, no es mi interés referirme en el momento, ya que el pensamiento me lleva a saldar la deuda de dedicarle un agradecido comentario a este entrañable profesor.
Desde entonces lo miré diferente y comprendí ese aire de hombre triste que le notaba en su rara y pronunciada frente. Y en verdad supe que el profesor Luis Páez Barraza era un tipo diferente a los demás colegas de aquélla escuela pública en la que cursé mi bachillerato pues muy poco lo veía socializar en la sala de profesores o transitar a lo largo de los pasillos en la búsqueda de algún muchacho para endilgarle alguna falta. No, al profesor Luis Páez Barraza lo veíamos aparecer justo en el preciso momento en que nos correspondía su hora de español y de allí los más atrevidos del grupo lo apodaban “kilométrico”, por aquello de que nunca fallaba. A sus espaldas supongo, pues aunque era más bien un piropo, no creo que de todas maneras fuera el más apropiado o gustase al escritor que yo sabía que era. Quizás también fuera profesor universitario y por ello poco se le veía compartir en nuestra escuela.
Decía que él ni nadie me enseñaron a escribir, pero al igual que la maestra Eucaris, en un grado anterior, sí percibió en mí la vocación y de alguna manera la hizo pública en aquel curso de compañeros mal afamados. Sucedió que en unas de sus singulares clases nos solicitó a manera de actividad que redactáramos un pequeño párrafo con unas pautas que en verdad en esta madrugada no recuerdo. A mi turno de presentarlo, y no sé con qué valor, leí el párrafo cuya primera línea aún recuerdo con la misma nitidez de aquella tarde irrecuperable de estudiante feliz en aquella escuela pública del barrio Las Nieves de la ciudad de Barranquilla:
“Apareció en una noche fría…”
Y al profesor Luis Páez Barraza le bastó escuchar el pequeño párrafo para declarar ante todos los del grupo que el texto leído era diferente al de los demás, que era literario, por esto y aquello, que podía observar en mí cierta virtud de narrador. Esto, lo confieso con la debida humildad, no me hizo escritor pues sentía que interiormente ya lo era, pero me hizo grande de una manera que no puedo explicar y desde entonces seguí escribiendo con mayor interés y entre el profesor Luis Páez Barraza y yo se abrió un tipo de comunicación diferente, sin nunca llegar a ser amigos ni a compartir un espacio de los llamados literarios. Además, entre mis compañeros me gané tal reputación de escritor que uno que otro me comparaba con uno de los de verdad y que me apena mencionar.
He querido (he pensado digo, pues lo escrito hasta el momento en esta noche, ha sido fielmente orientado por las ideas que una tras una se empujan desde el cerebro, aunque reconozco que verdaderamente siento que me rozan el corazón) dedicar estas páginas a mi querido profesor. Esto que acabo de escribir me (pienso un rato…) lleva a reflexionar sobre razón y sentimiento. Sé, disculpen el tono académico, que lo expresado, dicho o escrito, es objeto de una rápida transformación y que por ello se dice que no escribimos o expresamos lo que en verdad pensamos. Por ejemplo digo en una sola oración “El niño que come dulces es mi hijo”, pero en realidad he pensado en dos ideas, una: “El niño come dulces”, otra: “El niño es mi hijo”. Este proceso es esencialmente neurocerebral, pero ¿y entonces de dónde viene ese extraño cosquilleo que se siente ante la nostalgia que produce cada palabra?
Bueno, debo terminar de alguna manera y me preguntó que más falta por decir y si el tema que atraviesa esta hoja virtual es sobre el hecho de escribir o se ha tornado en una rápida semblanza del profesor Luis Páez Barraza. Para establecerlo debo detenerme y combinar ctrl más inicio y releer lo ya producido. (Decido un rato).
Concluyo que ambas opciones requieren de mayor profundidad y menos apasionamiento y aunque es inocultable que el tema lo he desarrollado –pensado- alrededor de la imagen del profesor, considero que aún no lo he agotado lo suficiente, para decirlo de alguna manera, y que debo concertar una nueva cita con el recuerdo y así completar de una vez y para siempre esta deuda pendiente entre mi vocación de escribir y la presencia en este destino del profesor Luis Páez Barraza, a quien una que otra vez he visto caminar en alguna calle de esta ciudad y con el mismo aire de profunda melancolía con la que atravesaba el patio de aquella aún existente escuela pública en donde me inicié clandestinamente como escritor.
1/22/2010
Poemas
*
Infancia
Viejo triste,
ya no te recuerdes de niño
mirando desde el barranco cenizo
el río de todas las tardes
y de toda tu infancia
El río largo
ondulante tren de fantasía
llevándose las horas y los sueños
mientras tú te quedabas silencioso
huérfano de todo
a lo lejos mirando
*
Infancia
Anoche, en un sueño hermoso,
tocaba yo a las puertas de mi infancia
cuando desde lejos un niño me ha gritado:
¡Viejo! ¡Viejo! !Ya nadie vive en esa casa!
*
Existencia
Existo hoy porque amo y sueño
y muero un poco cada tarde
entre amores fugaces
y sonrisas sin rumbo
Un día estas palabras
no serán mías
serán de otro
acaso de nadie
acaso del viento
Un día me sobrevivirá
el olvido y la melancolía
Infancia
Viejo triste,
ya no te recuerdes de niño
mirando desde el barranco cenizo
el río de todas las tardes
y de toda tu infancia
El río largo
ondulante tren de fantasía
llevándose las horas y los sueños
mientras tú te quedabas silencioso
huérfano de todo
a lo lejos mirando
*
Infancia
Anoche, en un sueño hermoso,
tocaba yo a las puertas de mi infancia
cuando desde lejos un niño me ha gritado:
¡Viejo! ¡Viejo! !Ya nadie vive en esa casa!
*
Existencia
Existo hoy porque amo y sueño
y muero un poco cada tarde
entre amores fugaces
y sonrisas sin rumbo
Un día estas palabras
no serán mías
serán de otro
acaso de nadie
acaso del viento
Un día me sobrevivirá
el olvido y la melancolía
1/20/2010
LOS TIGRES MUERTOS (Del libro Los Otros y Yo)
El manuscrito se había extraviado en no sé qué rincón de la casa de la señorita N., donde vivía hospedado en ese entonces. En mi opinión, se trataba de un relato insignificante con una marcada influencia garcíamarquiana y por nada del mundo me hubiera complacido que alguien lo leyera. De ahí el afán por recuperarlo y ponerlo a buen recaudo o destruirlo, como solía hacer con los escritos que consideraba indignos de conservarse. Debo confesar que en esa época mi autocensura era extremadamente enfermiza y llegué a quemar cuatro capítulos de una novela que venía escribiendo hacia meses.
Un domingo, como última esperanza, revolví la casa al derecho pues ya lo había hecho al revés y aparecieron los objetos menos pensables, excepto mi relato. Me di por vencido. Me resigné aunque me quedó una agria sensación que me perturbaba continuamente, como cuando uno ha soñado y no recuerda exactamente qué.
En todo caso, mi mal no podía ser mayor, me dije. Recordé que a Radley Richardson le robaron en la Gare de Lyon la maleta en donde llevaba todos los textos originales que Ernest Hemingway había escrito por esa época en Francia. Una pérdida realmente invalorable, sin duda. No obstante, Hemingway, que había escuchado la versión del robo entre los espacios de llanto de su mujer, terminó consolándola diciéndole que el asunto no era tan grave y no había motivos para tomárselo en serio, y que la pérdida de sus “trabajos de aprendiz” como él los llamaba, le resultaría más beneficioso que la misma publicación.
Edward O´Brien, editor interesado en la obra de Hemingway, no lo comprendió tan fácilmente: puso el grito en el cielo y el dolor de la “tragedia” casi le ocasiona un infarto. Hemingway, para salir del paso, le mintió prometiéndole que inmediatamente escribiría otros relatos que tenía en mente. La mentira se hizo realidad porque aquella misma noche de la conversación con O´ Brien, Hemingway escribió seis relatos que le parecieron excelentes y le despertaron las ganas de beber cerveza.
En lo que a mí texto concierne, aún suelo buscarlo cada cierto tiempo. Y sobre todo recuerdo, con la misma nitidez de la noche en que los escribí, la pésima frase con que se iniciaba: “Apareció en una mañana fría…” (Me refería a un cavernícola que había llegado inexplicablemente al Paseo Bolívar de Barranquilla).
De estos recuerdos, en aparte amargos, siempre termino consolándome con una de esas “frases verídicas” con las cuales Ernest Hemingway acostumbraba a rematar sus argumentos: “Después de escrito un texto, es como un tigre muerto…”
Un domingo, como última esperanza, revolví la casa al derecho pues ya lo había hecho al revés y aparecieron los objetos menos pensables, excepto mi relato. Me di por vencido. Me resigné aunque me quedó una agria sensación que me perturbaba continuamente, como cuando uno ha soñado y no recuerda exactamente qué.
En todo caso, mi mal no podía ser mayor, me dije. Recordé que a Radley Richardson le robaron en la Gare de Lyon la maleta en donde llevaba todos los textos originales que Ernest Hemingway había escrito por esa época en Francia. Una pérdida realmente invalorable, sin duda. No obstante, Hemingway, que había escuchado la versión del robo entre los espacios de llanto de su mujer, terminó consolándola diciéndole que el asunto no era tan grave y no había motivos para tomárselo en serio, y que la pérdida de sus “trabajos de aprendiz” como él los llamaba, le resultaría más beneficioso que la misma publicación.
Edward O´Brien, editor interesado en la obra de Hemingway, no lo comprendió tan fácilmente: puso el grito en el cielo y el dolor de la “tragedia” casi le ocasiona un infarto. Hemingway, para salir del paso, le mintió prometiéndole que inmediatamente escribiría otros relatos que tenía en mente. La mentira se hizo realidad porque aquella misma noche de la conversación con O´ Brien, Hemingway escribió seis relatos que le parecieron excelentes y le despertaron las ganas de beber cerveza.
En lo que a mí texto concierne, aún suelo buscarlo cada cierto tiempo. Y sobre todo recuerdo, con la misma nitidez de la noche en que los escribí, la pésima frase con que se iniciaba: “Apareció en una mañana fría…” (Me refería a un cavernícola que había llegado inexplicablemente al Paseo Bolívar de Barranquilla).
De estos recuerdos, en aparte amargos, siempre termino consolándome con una de esas “frases verídicas” con las cuales Ernest Hemingway acostumbraba a rematar sus argumentos: “Después de escrito un texto, es como un tigre muerto…”
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1/15/2010
En El Tiempo están furiosos todos, hasta los columnistas de buen humor...
Domingo, 18 de octubre de 2009 a las 19:23
Estimado periodista (Daniel Samper Pizano)
Siendo tan delicado el hecho de que la dirección de El Tiempo hubiera despedido a una de sus columnistas (¡Y de qué manera!), lo más normal sería que más de un periodista de este importante diario le hubiera dedicado su opinión al histórico hecho. Pero no ha sido así pues el mensaje de los dueños mayoritarios del periódico es claro: opinar con libertad en contra del periódico debe asumirse como una renuncia, un acto de suicidio del cual no se sobrevive ni por equivocación.
Usted lo hace, opinar. Pero a medias, sabiendo que el renombre que tiene le impedirá a sus jefes despedirlo tal como lo hicieron con su colega. En el fondo usted sabe lo que implica esta despedida pues nada la justifica, aunque usted mismo, tratando de ser salomónico, lo hace al afirmar que los compañeros de Claudia López se sintieron insultados por la forma en que la periodista orientó su columna. Bueno, eso es una cosa y despedirla por no estar de acuerdo con su opinión es otra. Si lo expuesto por Claudia López lo consideraban calumnia procedía denunciarla y darle el derecho que todo ciudadano tiene de defenderse de cualquier acusación de esta índole. Los lectores preferimos a un periodista arrestado por calumnia que a uno despedido de su periódico por censura. Siendo más claro: el despido en el periodismo no tiene lugar, salvo, claro está, cuando se detecta desde la primera redacción que el periodista no sabe escribir y que se constituye en una estafa para un medio que debe exigir calidad y un alto vuelo mental de quienes dinamizan esta profesión tan hermosa que no depende de títulos de universidad sino de la vida misma.
Hay decisiones realmente extremas, ciertamente. Esas que nunca quisiéramos tomar pues sabemos que pueden marcar ruptura, guerra, divorcio. Y la decisión de los directivos de El Tiempo de despedir a la columnista fue extrema, sin vuelta de rosca. Tiene usted, amigo periodista, la esperanza de que El Tiempo restaure su imagen, pero ello le será muy difícil. Una cosa es que el tiempo –el otro- a veces es cómplice de las malas acciones y le colabora al injusto para que la sociedad olvide, lo cual es factible en la mayoría de las veces. Pero en este caso no. La decisión extrema de despedir a la columnista por su opinión es inolvidable y El tiempo tendrá que pagar el precio de haberla tomado. (Solo cabe un hecho igual de extremo: que El Tiempo abra el debate, escuche y deje en manos de la opinión pública la decisión que se debió tomar frente a la opinión de la periodista). ¡Qué grande sería El Tiempo si actuara así!
De mi parte, y con profundo dolor, desde el día de esta decisión tan improcedente no confió en ningún columnista de El Tiempo, sabiendo que todo cuanto piense y escriba, usted y sus respetados colegas, estará sujeto al miedo de ser considerado una renuncia pues los intereses políticos, comerciales y empresariales del diario más importante del país –hasta hace poco- no pueden ser tratados con la confianza que brinda la libertad de opinión, ya inexistente en los actuales directivos de El Tiempo. Este es el verdadero insulto.
Un abrazo,
Adalberto Deulofeut Prado
***
21 de octubre de 2009 a las 20:35 |
Re: Comentando una columna...
De: DANIEL SAMPER (cambalache@mail.ddnet.es)
Enviado: miércoles, 21 de octubre de 2009 01:29:32 a.m.
Para: ADALBERTO DEULOFEUT PRADO (deulofeut@hotmail.es)
Don Adalberto:
Lamento que piense que los columnistas de El Tiempo no merecemos su confianza. Pero ese es problema suyo.
Atte,
DS
----- Original Message -----
From: ADALBERTO DEULOFEUT PRADO
To: cambalache@mail.ddnet.es ; cambalache@mail.hotmail.com
Sent: Wednesday, October 21, 2009 2:45 AM
Subject: Comentando una columna...
Estimado Daniel Samper Pizano:
Leí su columna sobre El Tiempo y el despido de la periodista Claudia López y quise comentarla pero parece que está bloqueada para tal efecto. Por ello le envio respetuosamente mis apreciaciones al correo que publica debajo de su columna. No sé como lo perciben allá en El Tiempo pero en términos generales, entre la gente que sabe, se tiene la clara opinión de que los directivos de este importante diario han puesto en peligro la credibilidad de los periodistas que lo integran y han cometido un acto de censura a la libertad de opinión.
(Le adjunté a este correo que remití al sr. Daniel Samper la carta que tuve a bien compartir con ustedes, amigos y cómplices de este espacio de opinión).
¿Qué piensan...?
Saludos,
Adalberto Deulofeut Prado
Estimado periodista (Daniel Samper Pizano)
Siendo tan delicado el hecho de que la dirección de El Tiempo hubiera despedido a una de sus columnistas (¡Y de qué manera!), lo más normal sería que más de un periodista de este importante diario le hubiera dedicado su opinión al histórico hecho. Pero no ha sido así pues el mensaje de los dueños mayoritarios del periódico es claro: opinar con libertad en contra del periódico debe asumirse como una renuncia, un acto de suicidio del cual no se sobrevive ni por equivocación.
Usted lo hace, opinar. Pero a medias, sabiendo que el renombre que tiene le impedirá a sus jefes despedirlo tal como lo hicieron con su colega. En el fondo usted sabe lo que implica esta despedida pues nada la justifica, aunque usted mismo, tratando de ser salomónico, lo hace al afirmar que los compañeros de Claudia López se sintieron insultados por la forma en que la periodista orientó su columna. Bueno, eso es una cosa y despedirla por no estar de acuerdo con su opinión es otra. Si lo expuesto por Claudia López lo consideraban calumnia procedía denunciarla y darle el derecho que todo ciudadano tiene de defenderse de cualquier acusación de esta índole. Los lectores preferimos a un periodista arrestado por calumnia que a uno despedido de su periódico por censura. Siendo más claro: el despido en el periodismo no tiene lugar, salvo, claro está, cuando se detecta desde la primera redacción que el periodista no sabe escribir y que se constituye en una estafa para un medio que debe exigir calidad y un alto vuelo mental de quienes dinamizan esta profesión tan hermosa que no depende de títulos de universidad sino de la vida misma.
Hay decisiones realmente extremas, ciertamente. Esas que nunca quisiéramos tomar pues sabemos que pueden marcar ruptura, guerra, divorcio. Y la decisión de los directivos de El Tiempo de despedir a la columnista fue extrema, sin vuelta de rosca. Tiene usted, amigo periodista, la esperanza de que El Tiempo restaure su imagen, pero ello le será muy difícil. Una cosa es que el tiempo –el otro- a veces es cómplice de las malas acciones y le colabora al injusto para que la sociedad olvide, lo cual es factible en la mayoría de las veces. Pero en este caso no. La decisión extrema de despedir a la columnista por su opinión es inolvidable y El tiempo tendrá que pagar el precio de haberla tomado. (Solo cabe un hecho igual de extremo: que El Tiempo abra el debate, escuche y deje en manos de la opinión pública la decisión que se debió tomar frente a la opinión de la periodista). ¡Qué grande sería El Tiempo si actuara así!
De mi parte, y con profundo dolor, desde el día de esta decisión tan improcedente no confió en ningún columnista de El Tiempo, sabiendo que todo cuanto piense y escriba, usted y sus respetados colegas, estará sujeto al miedo de ser considerado una renuncia pues los intereses políticos, comerciales y empresariales del diario más importante del país –hasta hace poco- no pueden ser tratados con la confianza que brinda la libertad de opinión, ya inexistente en los actuales directivos de El Tiempo. Este es el verdadero insulto.
Un abrazo,
Adalberto Deulofeut Prado
***
21 de octubre de 2009 a las 20:35 |
Re: Comentando una columna...
De: DANIEL SAMPER (cambalache@mail.ddnet.es)
Enviado: miércoles, 21 de octubre de 2009 01:29:32 a.m.
Para: ADALBERTO DEULOFEUT PRADO (deulofeut@hotmail.es)
Don Adalberto:
Lamento que piense que los columnistas de El Tiempo no merecemos su confianza. Pero ese es problema suyo.
Atte,
DS
----- Original Message -----
From: ADALBERTO DEULOFEUT PRADO
To: cambalache@mail.ddnet.es ; cambalache@mail.hotmail.com
Sent: Wednesday, October 21, 2009 2:45 AM
Subject: Comentando una columna...
Estimado Daniel Samper Pizano:
Leí su columna sobre El Tiempo y el despido de la periodista Claudia López y quise comentarla pero parece que está bloqueada para tal efecto. Por ello le envio respetuosamente mis apreciaciones al correo que publica debajo de su columna. No sé como lo perciben allá en El Tiempo pero en términos generales, entre la gente que sabe, se tiene la clara opinión de que los directivos de este importante diario han puesto en peligro la credibilidad de los periodistas que lo integran y han cometido un acto de censura a la libertad de opinión.
(Le adjunté a este correo que remití al sr. Daniel Samper la carta que tuve a bien compartir con ustedes, amigos y cómplices de este espacio de opinión).
¿Qué piensan...?
Saludos,
Adalberto Deulofeut Prado
1/12/2010
Cuentos que motivan sueños
La ficción nos permite cualquier tipo de conjeturas y el agradable placer de aventurarnos a la posibilidad de presumir sobre lo que nos pueda ocurrir en el futuro inmediato. Pero más allá de la fantasía, inferior a la misma realidad y de las virtudes variadas del cuento que nos brinda nuestro amigo Carlos De La Hoz en sus Notas de Facebook del 24 de septiembre, oriento esta nueva nota de entrenamiento hacia algunas consideraciones sobre los sueños.
Quizás sea válido considerar que son los sueños de los hombres los que originan las tragedias y felicidades del mundo. O los rumores, pues a partir de uno, la humanidad parece moverse sin considerar a veces la veracidad del supuesto hecho. Si alguien dice: "hace calor", todos van trasladando el mensaje y expresando a cuantos encuentran a su paso que hace calor. (Recordemos el cuento de Gabriel García Márquez sobre el rumor que logra que los habitantes abandonen el pueblo y se cumpla lo que no hubiese ocurrido si por lo menos uno no hubiese seguido la cuerda del otro).
Pero ya sabemos que los sueños tienen anclaje en la realidad y que son mecanismos para desahogar disfrazadamente lo que reprimimos en nuestra vida cotidiana. Tengo por ellos –los sueños- un particular respeto que intento no volver agüero, pues de niño me ocurrió que al levantarme una mañana cualquiera corrí a decirle a mi padre que había soñado que el canario se había escapado de la jaula en donde aunque prisionero cantaba feliz. ¿Y qué aconteció? Que el sueño ya estaba cumplido pues la jaula tenía su puertecita abierta y el ave ya daba trinos –ahora sí- de felicidad en un árbol cercano. Desde entonces los sueños me producen la sensación de que pueden suceder y aplico el antídoto popular de callar los buenos –para que ocurran- y contar los malos para que no. También desde entonces repudio ver los pájaros enjaulados ofreciendo sus cautivos cantos obligados.
Debemos entender que es posible que nuestra existencia sea el fruto de alguien que sueña y que a merced de ello está nuestro porvenir pues apenas el fulano despierte necesariamente también nosotros desapareceremos. Pero también cabe la posibilidad universal de que ese alguien sueñe en el sueño de otro y otro dentro de otro y así sucesivamente hasta el infinito, lo cual nos puede conducir a una visión interminable o cíclica del mundo pues mientras uno despierta –en esta secuencia- ya el anterior empieza a dormir y a soñar el sueño que nos mantiene despiertos.
/Una -¿innecesaria?- precisión académica: En realidad para referirnos el acto de soñar (en la dimensión en que lo estamos tratando) existe la palabra específica ensueño. El adjetivo correspondiente a ensueño-sueño es onírico. (del griego ónar, "ensueño").
El vocablo sueño (del latín somnum, raíz original que se conserva en los cultismos somnífero, somnoliento y sonámbulo) designa tanto el acto de dormir como el deseo de hacerlo (tener sueño). El sueño (en cuanto acto de dormir) es un estado de reposo uniforme de nuestro organismo, durante el cual bajan los niveles de actividad fisiológica y por poco quedamos muertos.
Por analogía el ensueño (que cumple a menudo fantasías del durmiente), se llama también sueño a cualquier anhelo o ilusión que moviliza a una persona./
De todas maneras me quedo con la palabra sueño, aunque técnicamente no corresponda.
Pero entonces volvamos a la idea central: El cuento La última noche del mundo, de Ray Bradbury, nos tensiona alrededor del sueño del personaje en el cual una voz irreconocible le había dicho que todo iba a detenerse en la Tierra y que todo iba a terminar. Igual soñaron los demás.
Imaginar que nuestra existencia termina “como un libro que se cierra”, no por una guerra de las posibles, no por contaminación masiva de las posibles, no por una colisión extraterrestre de las posibles… es prueba de nuestra fugaz condición humana y que sólo nos espera, en medio de esa atmósfera de tristeza y llanto contenido de la cual nos empapa el cuento, aguardar el instante presagiado al lado de nuestros seres queridos y dolidos por la inocencia de nuestros pequeños que duermen.
Instante que en realidad puede estar próximo o lejano, y por ende nos debe mantener en la eterna condición de actuar siempre a favor del bien de la Humanidad y recibir el despertar de quien por último nos sueña –para nosotros el fin- con la felicidad sin culpas de haber vivido lo justo y con la idea de que “no es la muerte sino el morir”, como –creo que lo repito- nos citaba nuestro amigo Tarcisio Agramonte las palabras del poeta Jorge Artel.
Quizás sea válido considerar que son los sueños de los hombres los que originan las tragedias y felicidades del mundo. O los rumores, pues a partir de uno, la humanidad parece moverse sin considerar a veces la veracidad del supuesto hecho. Si alguien dice: "hace calor", todos van trasladando el mensaje y expresando a cuantos encuentran a su paso que hace calor. (Recordemos el cuento de Gabriel García Márquez sobre el rumor que logra que los habitantes abandonen el pueblo y se cumpla lo que no hubiese ocurrido si por lo menos uno no hubiese seguido la cuerda del otro).
Pero ya sabemos que los sueños tienen anclaje en la realidad y que son mecanismos para desahogar disfrazadamente lo que reprimimos en nuestra vida cotidiana. Tengo por ellos –los sueños- un particular respeto que intento no volver agüero, pues de niño me ocurrió que al levantarme una mañana cualquiera corrí a decirle a mi padre que había soñado que el canario se había escapado de la jaula en donde aunque prisionero cantaba feliz. ¿Y qué aconteció? Que el sueño ya estaba cumplido pues la jaula tenía su puertecita abierta y el ave ya daba trinos –ahora sí- de felicidad en un árbol cercano. Desde entonces los sueños me producen la sensación de que pueden suceder y aplico el antídoto popular de callar los buenos –para que ocurran- y contar los malos para que no. También desde entonces repudio ver los pájaros enjaulados ofreciendo sus cautivos cantos obligados.
Debemos entender que es posible que nuestra existencia sea el fruto de alguien que sueña y que a merced de ello está nuestro porvenir pues apenas el fulano despierte necesariamente también nosotros desapareceremos. Pero también cabe la posibilidad universal de que ese alguien sueñe en el sueño de otro y otro dentro de otro y así sucesivamente hasta el infinito, lo cual nos puede conducir a una visión interminable o cíclica del mundo pues mientras uno despierta –en esta secuencia- ya el anterior empieza a dormir y a soñar el sueño que nos mantiene despiertos.
/Una -¿innecesaria?- precisión académica: En realidad para referirnos el acto de soñar (en la dimensión en que lo estamos tratando) existe la palabra específica ensueño. El adjetivo correspondiente a ensueño-sueño es onírico. (del griego ónar, "ensueño").
El vocablo sueño (del latín somnum, raíz original que se conserva en los cultismos somnífero, somnoliento y sonámbulo) designa tanto el acto de dormir como el deseo de hacerlo (tener sueño). El sueño (en cuanto acto de dormir) es un estado de reposo uniforme de nuestro organismo, durante el cual bajan los niveles de actividad fisiológica y por poco quedamos muertos.
Por analogía el ensueño (que cumple a menudo fantasías del durmiente), se llama también sueño a cualquier anhelo o ilusión que moviliza a una persona./
De todas maneras me quedo con la palabra sueño, aunque técnicamente no corresponda.
Pero entonces volvamos a la idea central: El cuento La última noche del mundo, de Ray Bradbury, nos tensiona alrededor del sueño del personaje en el cual una voz irreconocible le había dicho que todo iba a detenerse en la Tierra y que todo iba a terminar. Igual soñaron los demás.
Imaginar que nuestra existencia termina “como un libro que se cierra”, no por una guerra de las posibles, no por contaminación masiva de las posibles, no por una colisión extraterrestre de las posibles… es prueba de nuestra fugaz condición humana y que sólo nos espera, en medio de esa atmósfera de tristeza y llanto contenido de la cual nos empapa el cuento, aguardar el instante presagiado al lado de nuestros seres queridos y dolidos por la inocencia de nuestros pequeños que duermen.
Instante que en realidad puede estar próximo o lejano, y por ende nos debe mantener en la eterna condición de actuar siempre a favor del bien de la Humanidad y recibir el despertar de quien por último nos sueña –para nosotros el fin- con la felicidad sin culpas de haber vivido lo justo y con la idea de que “no es la muerte sino el morir”, como –creo que lo repito- nos citaba nuestro amigo Tarcisio Agramonte las palabras del poeta Jorge Artel.
1/10/2010
Poemas
Cartel
En esta noche En esta tristeza
En esta calle En esta ciudad
ESTOY MUERTO
Lejos de mí, la gente pasa
mientras
el viernes se pudre en lluvia
*
Grafiti
En ciertas ocasiones
Dios nos ayuda
en otras, se hace el pendejo
*
EN VANOS
intentos de suicidio
yo recorro esta ciudad
cada domingo
*
¡Ah! Infeliz del que se queda mirando las cosas
que han pertenecido a los que ya no existen
En esta noche En esta tristeza
En esta calle En esta ciudad
ESTOY MUERTO
Lejos de mí, la gente pasa
mientras
el viernes se pudre en lluvia
*
Grafiti
En ciertas ocasiones
Dios nos ayuda
en otras, se hace el pendejo
*
EN VANOS
intentos de suicidio
yo recorro esta ciudad
cada domingo
*
¡Ah! Infeliz del que se queda mirando las cosas
que han pertenecido a los que ya no existen
1/09/2010
CÓMO APRENDEN LOS NIÑOS
Del libro Cómo aprenden los niños, de Stella Vosniadou (Editorial Magisterio, Bogotá 2002), me atrevo a tomar las siguientes ideas centrales que una investigación brinda sobre el aprendizaje de los niños:
1. PARTICIPACIÓN ACTIVA: La participación activa y constructiva del estudiante es necesaria para el aprendizaje.
2. PARTICIPACIÓN SOCIAL: Antes que nada el aprendizaje es una actividad social y la participación en la vida social de la escuela es central para que éste se lleve a cabo.
3. ACTIVIDADES SIGNIFICATIVAS: Se aprende mejor cuando se participa en actividades que se perciben como culturalmente relevantes y útiles en la vida diaria.
4. RELACIONAR LA INFORMACIÓN NUEVA CON LOS CONOCIMIENTOS PREVIOS: El conocimiento nuevo se construye sobre la base de lo que ya se cree y se entiende.
5. ESTRATEGIA: las personas aprenden empleando estrategias flexibles y efectivas que los ayudan a entender, razonar, memorizar y resolver problemas.
6. REFLEXIÓN Y AUTORREGULACIÓN: Los estudiantes deben saber cómo planear y monitorear su aprendizaje, cómo ponerse sus propias metas y cómo corregir sus propios errores.
7. REESTRUCTURAR EL CONOCIMIENTO PREVIO: A veces el conocimiento previo puede interponerse en el aprendizaje de algo nuevo. Los estudiantes deben aprender a resolver las inconsistencias internas y a reestructurar las nociones previamente existentes cuando sea necesario.
8. APUNTAR HACIA LA COMPRENSIÓN: Cuando el material se organiza alrededor de principios y explicaciones generales, se aprende mejor que cuando el aprendizaje está basado en hechos y procedimientos aislados.
9. AYUDAR A LOS ESTUDIANTES A TRANSFERIR: El aprendizaje se hace más significativo cuando las lecciones se aplican a situaciones de la vida real.
10. GASTARLE TIEMPO A LA PRACTICA: El aprendizaje es una actividad cognitiva y compleja que no puede apresurarse. Requiere de tiempo y de períodos de práctica considerables para comenzar a construir destrezas en un área determinada.
11. DIFERENCIAS INDIVIDUALES Y DIFERENCIAS DE DESARROLLO: Cuando se tienen en cuenta las diferencias individuales, los niños aprenden mejor.
12. FORMAR ESTUDIANTES MOTIVADOS: La motivación del estudiante influencia el aprendizaje de una manera crítica. Con su comportamiento y sus intervenciones, los profesores pueden contribuir para que sus estudiantes aumenten su motivación.
Niños en escuela de Tarucani (Cusco,Perú). Foto tomada de www.flickr.com/photos/10109855@N00/296942731/
1. PARTICIPACIÓN ACTIVA: La participación activa y constructiva del estudiante es necesaria para el aprendizaje.
2. PARTICIPACIÓN SOCIAL: Antes que nada el aprendizaje es una actividad social y la participación en la vida social de la escuela es central para que éste se lleve a cabo.
3. ACTIVIDADES SIGNIFICATIVAS: Se aprende mejor cuando se participa en actividades que se perciben como culturalmente relevantes y útiles en la vida diaria.
4. RELACIONAR LA INFORMACIÓN NUEVA CON LOS CONOCIMIENTOS PREVIOS: El conocimiento nuevo se construye sobre la base de lo que ya se cree y se entiende.
5. ESTRATEGIA: las personas aprenden empleando estrategias flexibles y efectivas que los ayudan a entender, razonar, memorizar y resolver problemas.
6. REFLEXIÓN Y AUTORREGULACIÓN: Los estudiantes deben saber cómo planear y monitorear su aprendizaje, cómo ponerse sus propias metas y cómo corregir sus propios errores.
7. REESTRUCTURAR EL CONOCIMIENTO PREVIO: A veces el conocimiento previo puede interponerse en el aprendizaje de algo nuevo. Los estudiantes deben aprender a resolver las inconsistencias internas y a reestructurar las nociones previamente existentes cuando sea necesario.
8. APUNTAR HACIA LA COMPRENSIÓN: Cuando el material se organiza alrededor de principios y explicaciones generales, se aprende mejor que cuando el aprendizaje está basado en hechos y procedimientos aislados.
9. AYUDAR A LOS ESTUDIANTES A TRANSFERIR: El aprendizaje se hace más significativo cuando las lecciones se aplican a situaciones de la vida real.
10. GASTARLE TIEMPO A LA PRACTICA: El aprendizaje es una actividad cognitiva y compleja que no puede apresurarse. Requiere de tiempo y de períodos de práctica considerables para comenzar a construir destrezas en un área determinada.
11. DIFERENCIAS INDIVIDUALES Y DIFERENCIAS DE DESARROLLO: Cuando se tienen en cuenta las diferencias individuales, los niños aprenden mejor.
12. FORMAR ESTUDIANTES MOTIVADOS: La motivación del estudiante influencia el aprendizaje de una manera crítica. Con su comportamiento y sus intervenciones, los profesores pueden contribuir para que sus estudiantes aumenten su motivación.
Niños en escuela de Tarucani (Cusco,Perú). Foto tomada de www.flickr.com/photos/10109855@N00/296942731/
1/03/2010
En una esquina de la ciudad
Cuando uno ve que el hombre se detiene en la esquina de Veinte de Julio con Paseo Bolívar, justo allí enfrente, y el resto transita a su lado indiferente a ese rostro de tragedia inmediata que lleva, es claro entender que nuestra bella ciudad, antes solidaria con la preocupación ajena, es ahora una masa distraída que deambula de un lado a otro, sospechosa de ella misma y sin uno saber qué pitos toca en las aceras a esta hora hábil en que cualquier ciudadano honrado labora ganándose "el pan con el sudor de su frente". Pero este no es el tema de este cuento y cualquier buen lector lo sabe, pues un buen relato se deja de tanta pendejada y elementos gratuitos e inicia con un tono más serio y trascendental, como propinarle un golpe seco a la mandíbula del amigo traicionero.
Pero bueno, no echemos todo por la borda y rescatemos un poco de esta artificial imagen. Pensemos en ese hombre, en su rostro de condenado y en las razones que tendrá para querer torcerle el cuello, quizás, a cualquiera de esos que le tropieza de lado a lado. Miremos el mundo desde su interior, conectémonos a sus últimos pensamientos, los que por segundos perviven pues cada uno de éstos va fugándose en millonésimas de segundos dándole paso a otro y a otro.
Siempre me ha gustado recorrer la ciudad, caminar por El Centro y entremezclarme en este mar de gentes, de ventas y de automóviles pisándonos los tobillos. Eso mismo que tanto molesta a nuestro Alcalde metropolitano pues habla de recuperar el espacio público como si se tratara de barrer la basura de cualquier evento de carnaval. Por eso estoy aquí a ver si el maldito me barre y deja la avenida limpia de lo que represento. Como borró del mapa a las putas mujeres del Parque San José y a los comerciantes pequeños de la Plaza San Nicolás. Eso mismo pienso mientras espero… Me gusta este desorden de kioskos, carretas y colores que llenan estas calles y le cubren el cemento que es lo que será quiere ver el sr. Alcalde…
Si fuera domingo el rumbo de este relato sería otro. Pero es lunes y eso lo hace más difícil. Qué puede hacer un lunes un tipo de actitud extraña en mitad de la gente que circula con aire de libertad pero sin un peso en los bolsillos. Tal vez ha salido porque le gusta recorrer la ciudad y encontrarse con tipos más raros que él. O está ahí, justamente ahí, por mera casualidad y todas estas conjeturas no pasan de ser tiempo perdido, intromisiones en lo que no nos importa. Bueno, pero cada quien al fin con su tema.
El problema de esperar es que al rato los demás lo notan y uno se vuelve sospechoso y cuando esto sucede no hay dónde meterse ni a dónde mirar. Lo peor sería que llegara una patrulla y empezara a solicitarme documentos, profesión y motivo de mi espera en este punto de la ciudad que ahora me arrepiento de haber elegido. Y es que esta cara tampoco me ayuda mucho pues en lugar de mimetizarse en la multitud lo que logra es sobresalir, agrandarse estúpidamente, dando derecho a quien pasa a observarla con el consabido disimulo de la gente hipócrita…
De todas maneras yo estoy acá y él allá y eso no es un artificio, digo la verdad aunque no me incumba. Es como decir “el ojo ve”, recordando a una vecina del barrio a quien le robo la expresión, aunque uso comillas que ya se sabe indican que lo dicho es de otro. Perdonen el tono didáctico pero como narrador me corresponde este tipo de licencias. Okei, una amiga un poco petulante dice “oka”, decidamos hacia dónde se mueve esta historia, si acaso lo es. La atmósfera es la típica de un lunes de ésos que llaman “de zapatero”. Nada más que agregar.
El sonido intempestivo de una motocicleta llama la atención pero la ráfaga que le sigue no deja a nadie para preguntar, unos al suelo, otros más veloces detrás de los puestos de ventas. En segundos lo que antes era una de las esquinas de mayor aglomeración en El Centro de esta ciudad ahora es un área vacía, sin miradas y hasta sin narrador, sólo este hombre, con rostro de tragedia, protagonista anónimo de esta nueva escena del crimen ya cotidiana en nuestra siempre amable ciudad.
Pero bueno, no echemos todo por la borda y rescatemos un poco de esta artificial imagen. Pensemos en ese hombre, en su rostro de condenado y en las razones que tendrá para querer torcerle el cuello, quizás, a cualquiera de esos que le tropieza de lado a lado. Miremos el mundo desde su interior, conectémonos a sus últimos pensamientos, los que por segundos perviven pues cada uno de éstos va fugándose en millonésimas de segundos dándole paso a otro y a otro.
Siempre me ha gustado recorrer la ciudad, caminar por El Centro y entremezclarme en este mar de gentes, de ventas y de automóviles pisándonos los tobillos. Eso mismo que tanto molesta a nuestro Alcalde metropolitano pues habla de recuperar el espacio público como si se tratara de barrer la basura de cualquier evento de carnaval. Por eso estoy aquí a ver si el maldito me barre y deja la avenida limpia de lo que represento. Como borró del mapa a las putas mujeres del Parque San José y a los comerciantes pequeños de la Plaza San Nicolás. Eso mismo pienso mientras espero… Me gusta este desorden de kioskos, carretas y colores que llenan estas calles y le cubren el cemento que es lo que será quiere ver el sr. Alcalde…
Si fuera domingo el rumbo de este relato sería otro. Pero es lunes y eso lo hace más difícil. Qué puede hacer un lunes un tipo de actitud extraña en mitad de la gente que circula con aire de libertad pero sin un peso en los bolsillos. Tal vez ha salido porque le gusta recorrer la ciudad y encontrarse con tipos más raros que él. O está ahí, justamente ahí, por mera casualidad y todas estas conjeturas no pasan de ser tiempo perdido, intromisiones en lo que no nos importa. Bueno, pero cada quien al fin con su tema.
El problema de esperar es que al rato los demás lo notan y uno se vuelve sospechoso y cuando esto sucede no hay dónde meterse ni a dónde mirar. Lo peor sería que llegara una patrulla y empezara a solicitarme documentos, profesión y motivo de mi espera en este punto de la ciudad que ahora me arrepiento de haber elegido. Y es que esta cara tampoco me ayuda mucho pues en lugar de mimetizarse en la multitud lo que logra es sobresalir, agrandarse estúpidamente, dando derecho a quien pasa a observarla con el consabido disimulo de la gente hipócrita…
De todas maneras yo estoy acá y él allá y eso no es un artificio, digo la verdad aunque no me incumba. Es como decir “el ojo ve”, recordando a una vecina del barrio a quien le robo la expresión, aunque uso comillas que ya se sabe indican que lo dicho es de otro. Perdonen el tono didáctico pero como narrador me corresponde este tipo de licencias. Okei, una amiga un poco petulante dice “oka”, decidamos hacia dónde se mueve esta historia, si acaso lo es. La atmósfera es la típica de un lunes de ésos que llaman “de zapatero”. Nada más que agregar.
El sonido intempestivo de una motocicleta llama la atención pero la ráfaga que le sigue no deja a nadie para preguntar, unos al suelo, otros más veloces detrás de los puestos de ventas. En segundos lo que antes era una de las esquinas de mayor aglomeración en El Centro de esta ciudad ahora es un área vacía, sin miradas y hasta sin narrador, sólo este hombre, con rostro de tragedia, protagonista anónimo de esta nueva escena del crimen ya cotidiana en nuestra siempre amable ciudad.
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