4/04/2010

Word Fiction

Mi amigo Carlos De La Hoz me hace llegar este relato en los siguientes términos:
"Comparto con ustedes este buen cuento, hasta ahora inédito, del poeta y prosista colombiano Joaquín Mattos Omar".


WORD FICTION

Por: Joaquín Mattos Omar

¿Puede haber alguien que piense que la palabra siniestra no es lo suficientemente siniestra y que, por tanto, algo le falta a su forma para que lo sea en toda su atroz plenitud?

Doy fe que así es. Aún no puedo decir quién es ese alguien, porque no me ha sido posible averiguarlo––ni sé si sea posible averiguarlo––, pero sí puedo contar lo que ese desconocido hizo en ese sentido.

Es bien sabido que el computador, o, para ser más exacto, una serie progresiva de programas informáticos de procesamiento de textos, ha reemplazado de tal modo la máquina de escribir que las últimas versiones de aquéllos han hecho de ésta un objeto absolutamente anticuado y romántico, un artefacto que no parece que haya sido del siglo XX sino de épocas premodernas…¡Así de grande es, en efecto, el abismo tecnológico que separa un invento del otro!

Yo, que empecé garrapateando mis cuartillas en máquina de escribir, ahora lo hago en un Macintosh de reciente generación, utilizando la aplicación Microsoft Word. Entre las múltiples ventajas que me ofrece esta aplicación, me importa señalar ahora la de esa función suya en virtud de la cual corrige automáticamente algunas palabras (algunas, no todas: primer misterio), cuando las mismas han sido escritas con una falta ortográfica o han sido erróneamente digitadas.

Una vez, por ejemplo, cuando al intentar escribir la palabra producto, cometí el desliz de digitar produtco, el programa hizo que, tras pulsar la barra espaciadora, el término se recompusiera por sí solo, como si hubiera cobrado vida propia, reorganizando el orden de sus letras hasta que adoptó el correspondiente a su morfología correcta: ‘producto’. Otro día me ocurrió con el pretérito simple del verbo seguir: equivocadamente digité segí, pero, tras presionar la barra espaciadora para escribir la siguiente palabra, Word enmendó mi errata, reemplazándola por la grafía exacta: seguí.

Hasta ahí, todo de maravilla. Pero he aquí que este buen corrector secreto empezó un mal día a jugarme también malas pasadas, como si su naturaleza hubiese sufrido un extraño cambio y se hubiera transformado en un moderno avatar del viejo diablillo del linotipo: una suerte de duendecillo travieso. Una mañana, mientras redactaba una nota sobre el tema de la lectura, quise citar a uno de los mayores historiadores en esta materia, el argentino Alberto Manguel, pero cuando escribí su apellido, así, en la forma debida en que lo acabo de hacer ahora, el corrector lo cambió, para mi sorpresa, por Manuel. “Alberto Manuel”, leí en la pantalla del monitor. Y pensé en voz alta: “¡Vaya que le gusta la tomadura de pelo a este duendecillo!”. Lo pensé porque me di cuenta de que Alberto Manuel era una caricaturización de Alberto Manguel, pues parecía más el nombre de un frívolo cantante de moda que de un severo investigador de un aspecto clave de la historia intelectual y lingüística de la sociedad occidental. Volví a escribir Manguel y el juguetón personaje lo transformó de nuevo en Manuel; de modo que tuve que recurrir a cierta estratagema para engañarlo ––la que ahora he olvidado–– y fue así como pude restituirle al autor de Una historia de la lectura su verdadero apellido.

En otra ocasión, me tomó del pelo con el nombre de otro escritor, Umberto Eco: estuvo insistiendo por un buen rato en que no era Umberto sino Humberto, al parecer parodiando la costumbre viciosa de los viejos diccionarios enciclopédicos españoles de castellanizar los nombres propios extranjeros: Guillermo Shakespeare, Juan Sebastián Bach, Arturo Schopenhauer, Enrique Heine, etc.

Otro día escribí oración y convirtió la palabra ––que yo estaba usando en su sentido gramatical––en una suerte de aumentativo grotesco de “Horacio”: Horación. Me pareció admirable, sin embargo, que con sólo anteponerle una letra, y además una letra muda, hubiera convertido el término que designa la unidad enunciativa fundamental en el nombre distorsionado (con aparente propósito de exaltación) de alguien que las escribía muy bien en la antigua Roma. No pude evitar sonreírme y desearle al duendecillo que se siguiera divirtiendo, aunque fuese a expensas mías:

–Carpe diem –le dije.

Pero si el asunto hubiera quedado allí, yo no me habría visto obligado a contar esta historia. Sin embargo, sucede que este nuevo hábito de Word de “rectificar” lo que era recto, o mejor dicho, de erratizar lo que estaba bien escrito –lo cual asumí, según he expresado, como una inocente actitud bromista–, tuvo el martes 16 de mayo último –hoy hace exactamente 153 días– una manifestación que, lejos de resultarme simpática, me pareció escalofriante y me dejó sumido en una grave perplejidad.

Era ya casi medianoche. Un momento antes, y después de muchos años, había releído el cuento “El corazón revelador”, de Edgar Allan Poe. Me hallaba escribiendo en mi Mac una nota personal, privada, sobre dicho cuento, una simple nota de registro de lectura para mi exclusivo uso individual. Cuando escribí: “El narrador tiene una visión siniestra del anciano del ojo nublado”, el programa cambió la palabra siniestra por simiestra.

No pude evitarlo: se me heló el corazón. Comprendí de inmediato que esta vez no se había tratado de un simple capricho, de otra más de las pilatunas casuales e inocentes a que ya me estaba acostumbrando el activo duendecillo digital (al que empecé a considerar, a partir de allí, como avieso). No: era evidente que esta invisible criatura había actuado ahora con una razón premeditada y con un propósito bien definido, que yo, por supuesto, desconocía, aunque no tuve la menor duda de que, cualesquiera que fueran esa razón y ese propósito, tenían en todo caso un carácter perverso, terrible.

¿Simiestra? La palabra –-que extrañamente no figuraba en la pantalla del monitor con el subrayado rojo con que Word suele marcar las palabras de dudosa reputación––empezó a resonar por todos los rincones de mi mente no como si fuera la voz de un horrible fantasma sino como si fuera ella misma un horrible fantasma. Una palabra fantasma: sí, eso era. “¿Simiestra?”, me dije en voz alta. “¿Una combinación dimorfa de simiesco con siniestra?”.

Esa noche difícilmente pude conciliar el sueño, pues la espantosa palabra no se apartó un instante de mi mente, al tiempo que, esporádicamente, me producía unos (literalmente) inenarrables accesos de escalofrío.

Con el paso de los días siguientes, lo primero que advertí fue que con la forma simiestra, el adjetivo siniestra adquiría una corporeidad animal, aludía a una suerte de monstruo mitológico cuyo componente principal era la bestia que en la realidad conocemos como simio, y al que se adhería, pues, la horrible noción propia y original de siniestra.

Pronto empecé a percibir la presencia de ese monstruo en todas partes: en la realidad cotidiana (a veces me cruzaba con personas simiestras en la calle o veía sus retratos en los periódicos), en mis sueños y, como era de esperarse, en la literatura de ficción (incluida la que se supone que es científica): descubrí, por ejemplo, que Los crímenes de la calle Morgue y La evolución de las especies son acaso dos de los más grandes relatos simiestros de la historia moderna.

Con frecuencia, soñaba con ese monstruo, pero siempre olvidaba al despertar cómo era su apariencia física; salvo una vez que, en contraste con la exultante claridad del nuevo día que inundaba mi alcoba, el nítido pero sombrío recuerdo de cómo había visto a aquel engendro en mi reciente sueño invadía por completo mi pensamiento: un entrevero horroroso de simio y humano, localizado en lo más intrincado de la selva, sentado en posición de loto sobre una elevada mesa de disección, junto a un paraguas negro cuya empuñadura era una guadaña reluciente que estaba ensangrentada; un kepis le cubría la cabeza y un enorme mostacho negro le envenenaba toda la cara.

El recuerdo de aquel sueño me hostigó por semanas enteras. Me perturbó, alteró mis nervios: aquel sueño me quitó el sueño. Para poder volver a dormir, tuve que recurrir a una pastilla de Ativan de un miligramo tomada cada noche antes de acostarme. Después, aquella terrible imagen derivó en otras fragmentarias asociadas a ella: ya no veía al monstruo, pero veía la guadaña cercenando un brazo; veía a una bruja enjuta, demacrada, caminando bajo una lluvia lúgubre, resguardándose con el paraguas negro, a cuya empuñadura en forma de guadaña se aferraban sus dedos huesudos con un ademán tenso, violento y amenazante; veía el cadáver de una mujer embarazada tendido, decúbito supino, sobre la mesa de disección.

Semanas después, todas esas imágenes visuales fueron sustituidas por una única imagen auditiva: la de la palabra simiestra. Su solo sonido estremecedor era lo único que me horrorizaba día a día, noche tras noche. Fue terrible. Ha sido terrible. Últimamente, sin embargo, he mejorado bastante de esta especie de posesión diabólica. Simiestra es una voz que, para mi fortuna, se silencia cada vez más.
Pero eso no quiere decir que el horror haya terminado: todavía a veces, de manera inesperada (tal como ha sucedido ahora, justo antes de ponerme a escribir este relato), vuelvo a escuchar la horrible palabreja y, muy al fondo de ella, una especie de secuencia de graznidos estridentes que, según creo, es la risita burlona del avieso duendecillo digital.

Por eso, temeroso de que este último vuelva a aparecer, me apresuro ahora (clic, clic) a guardar y a cerrar este archivo.

***
Por lo inútil e imprudente, un simiestro comentario


Conociendo las virtudes literarias del autor de este "relato, lo imagino, insomne y febril, dándole desarrollo al tema, tecla tras tecla, entre enters, retrocesos de correcciones y el inolvidable control g, deslumbrado, Joaquín Mattos Omar, como el minero que acaba de descubrir que ante sus ojos asoma la veta preciosa de toda su vida. Ello, la capacidad de un autor como Joaco para explotar un tema, más la complicidad “simiestra” que ofrece la tecnología del procesador de textos, logran que los lectores nos deleitemos con escritos como el que nos ocupa y que resultan motivo para una tertulia virtual pues de las físicas hace ratos nos retiramos. Metalenguaje, ficción y tecnología se combinan por obra y gracia de un estupendo autor.

Ocupémonos un poco también de la antigua y menospreciada máquina de escribir manual, que, ciertamente, no incidía en lo absoluto en la creación del autor, más bien la limitaba pues se cuidaba uno de no equivocarse a sabiendas de que ello implicaba volver a empezar con una nueva hoja en blanco; hecho que no ocurre con el computador y me atrevo a sostener que las invariables opciones que ofrece el procesador de texto motivan, de alguna manera, que la creación del autor tenga más posibilidades de tomar por caminos distintos a los que inicialmente tenía en mente, pues ahora el equivocarse, borrar, corregir, mover de aquí allá, es magia comparado con lo que ya sabemos pasaba con la máquina manual. (Ya lo decía en otra ocasión: de haber escrito Gabriel García Márquez Cien años de Soledad en un procesador de textos seguro que le hubiesen resultado como quinientos años al máxime autor de las letras colombianas).

Finalmente me pregunto, y era en principio el interés de mi escrito (a eso me refiero cuando afirmo que el computador incide en la creación pues las ideas se le atraviesan a uno, como pidiendo vía… Pero que quede claro que esas ideas nacen de uno, no del computador que solo las facilita). Y esto es lo que me pregunto: ¿Es lo mismo cuento que relato?

"...(tal como ha sucedido ahora, justo antes de ponerme a escribir este relato)". Joaquín Mattos, en Word Fiction.

En sentido estricto y en la forma en que se nos propone el texto de Joaquín Mattos Omar afirmaría que no. Sabemos que el autor no es el personaje, aunque el uso de la primera persona le otorga al texto un carácter autobiográfico e íntimo que difícilmente podemos desprender de quien físicamente conocemos y sabemos que es escritor y le pueden ocurrir a diario este tipo de cosas mientras digita en su computador. Bueno, es asunto de críticos explicarnos estas técnicas y entender estos engranajes que en nada le interesan al autor en el momento de la creación de esos mundos ficticios que inventa y que aun siendo propios en realidad nada puede demostrársele sobre su responsabilidad, ni para bien ni para mal.

Pero cuento es cuento y su esencia es de extremo rigor. Más cómodo resulta escribir una novela o un relato pues en estos los personajes son, o pueden ser, varios y se puede echar toda la cháchara del mundo, contrario al cuento que no admite elementos gratuitos sino lo justo, la esencia pura de una situación, el nock out de que hablaba Córtazar. Y para ser sincero, hay mucho de ello en el relato de Joaquín, sobre todo del nudo hacia el final, pero no me cuadran como cuento las explicaciones del comienzo…

Pero bueno, esto es lo de menos y es apenas una percepción muy personal en la cual me he apoyado, como siempre, -“dadme un punto de apoyo…y una coma y un interrogante”- para dejar correr por estas venas digitales y electrónicas lo más grande que tiene el ser humano: su capacidad de invención.

PS: Recomiendo agregar al diccionario de su procesador de texto, tal cual hago, la palabra simiestro-a, neologismo que sin rubor echemos para adelante con el sentido que nos proporciona nuestro bueno y querido autor Joaquín Mattos Omar.


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