2/24/2010

Bien, hablemos del cuento (I)

En este nuevo recuerdo me apoyo en la imagen del profesor Edmundo Ramos Vives -¿Qué será de su vida?- ofreciéndome emocionado unas copias referidas al cuento de autoría de Juan Bosch. Corrían mis últimos años de estudio en la Universidad del Atlántico y me había destapado ya como escritor de cuentos y el muy estimado profesor Edmundo Ramos Vives semana tras semana me facilitaba textos exquisitos con los cuales creía –bien intencionadamente- ayudarme a orientar mi novel labor. Así leí en particular, y por fuera del orden académico de la carrera de lenguas modernas, textos de Julio Cortázar en cuyo autor el profesor Edmundo creía encontrar un buen referente útiles a mis propósitos.

Pero vuelvo por donde me inicié y por donde pretendo seguir: comentar y rescatar como material vigente el ensayo Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, de Juan Bosch, especie de guía para el cuentista y de cuyo valor se dice comentó nuestro Nobel Gabriel García Márquez.

Leamos, entonces, este arriesgado resumen con la sana intención de volvernos al cuento:

El cuentista debe sentirse responsable de lo que escribe, como si fuera un maestro de emociones o de ideas.

Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir cuentos es la intensidad de su vocación. Nadie que no tenga vocación de cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos. Lo segundo se refiere al género. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes, pero puede afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. La importancia del hecho es desde luego relativa, mas debe ser indudable, convincente para la generalidad de los lectores. Si el suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia, lo que se escribe puede ser un cuadro, una escena, una estampa, pero no es un cuento.

Aprender a discernir dónde hay un tema para cuento es parte esencial de la técnica. Esa técnica es el oficio peculiar con que se trabaja el esqueleto de toda obra de creación: es la "tekné" de los griegos o, si se quiere, la parte de artesanado imprescindible en el bagaje del artista.

A menos que se trate de un caso excepcional, un buen escritor de cuentos tarda años en dominar la técnica del género, y la técnica se adquiere con la práctica más que con estudio. Pero nunca debe olvidarse que el género tiene una técnica y que ésta debe conocerse a fondo. Cuento quiere decir llevar cuenta de un hecho. La palabra proviene del latín computus, y es inútil tratar de rehuir el significado esencial que late en el origen de los vocablos. (…) Llevar cuenta es ir ceñido al hecho que se computa. El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso, no es cuentista.

De paso diremos que una vez adquirida la técnica, el cuentista puede escoger su propio camino, ser "hermético" o "figurativo" como se dice ahora, o lo que es lo mismo, subjetivo u objetivo; aplicar su estilo personal, presentar su obra desde su ángulo individual; expresarse como él crea que debe hacerlo. Pero no debe echarse en olvido que el género, reconocido como el más difícil en todos los idiomas, no tolera innovaciones sino de los autores que lo dominan en lo más esencial de su estructura.

El interés que despierta el cuento puede medirse por los juicios que les merece a críticos, cuentistas y aficionados. Se dice a menudo que el cuento es una novela en síntesis y que la novela requiere más aliento en el que la escribe. En realidad los dos géneros son dos cosas distintas; y es más difícil lograr un buen libro de cuentos que una novela buena. (…) La diferencia fundamental entre un género y el otro está en la dirección: la novela es extensa; el cuento es intenso.

El novelista crea caracteres y a menudo sucede que esos caracteres se le rebelan al autor y actúan conforme a sus propias naturalezas, de manera que con frecuencia una novela no termina como el novelista lo había planeado, sino como los personajes de la obra lo determinan con sus hechos. En el cuento, la situación es diferente; el cuento tiene que ser obra exclusiva del cuentista. Él es el padre y el dictador de sus Criaturas; no puede dejarlas libres ni tolerarles rebeliones. Esa voluntad de predominio del cuentista sobre sus personajes es lo que se traduce en tensión por tanto en intensidad. La intensidad de un cuento no es producto obligado, como ha dicho alguien, de su corta extensión; es el fruto de la voluntad sostenida con que el cuentista trabaja su obra.

El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar la técnica del género, al grado que logre dominarla en la misma forma en que el pintor consciente domina la pincelada: la da, no tiene que premeditarla. Esa técnica no implica, como se piensa con frecuencia, el final sorprendente. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento. Hay grandes cuentistas, como Antón Chejov que apenas lo usaron. " A la deriva”, de Horacio Quiroga, no lo tiene, y es una pieza magistral. Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. Ahora bien, el cuento debe tener su final natural como debe tener su principio.

No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo; que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro, directo o indirecto: el cuento debe comenzar interesando al lector. Una vez cogido en ese interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe soltarlo más. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra; lo conducirá sin piedad hacia el destino que previamente le ha trazado; no le permitirá el menor desvío. Una sola frase aun siendo de tres palabras, que no esté lógica y entrañablemente justificada por ese destino, manchará el cuento y le quitará esplendor y fuerza.

El cuento debe iniciarse con el protagonista en acción, física o psicológica, pero acción; el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento, a fin de evitar que el lector se canse.

Saber comenzar un cuento es tan importante como saber terminarlo. El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del cuento. Es en la primera frase donde está el hechizo de un buen cuento; ella determina el ritmo y la tensión de la pieza. Un cuento que comienza bien casi siempre termina bien. El autor queda comprometido consigo mismo a mantener el nivel de su creación a la altura en que la inició. Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto: despertando de golpe el interés del lector.

Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista, conoce la "tekné" del género.

Ese oficio es necesario para el que cuenta cuentos en un mercado árabe y para el que los escribe en una biblioteca de París. No hay manera de conocerlo sin ejercerlo. Nadie nace sabiéndolo, aunque en ocasiones un cuentista nato puede producir un buen cuento por adivinación de artista. El oficio es obra del trabajo asiduo, de la meditación constante, de la dedicación apasionada.

En sus primeros tiempos el cuentista crea en estado de semiinconsciencia. La acción se le impone; los personajes y sus circunstancias le arrastran; un torrente de palabras luminosas se lanza sobre él. Mientras ese estado de ánimo dura, el cuentista tiene que ir aprendiendo la técnica a fin de imponerse a ese mundo hermoso y desordenado que abruma su mundo interior.

La búsqueda y la selección del material es una parte importante de la técnica; de la búsqueda y de la selección saldrá el tema. Parece que estas dos palabras -búsqueda y selección- implican lo mismo: buscar es seleccionar. Pero no es así para el cuentista. Él buscará aquello que su alma desea; motivos campesinos o de mar, episodios de hombres del pueblo o de niños, asuntos de amor o de trabajo. (…) Esa parte de la tarea es sagradamente personal; nadie puede intervenir en ella. A menudo la gente se acerca a novelistas y cuentistas para contarles cosas que le han sucedido, "temas para novelas y cuentos" que no interesan al escribir porque nada le dicen a su sensibilidad.

Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa. Arte difícil, tiene el premio en su propia realización. Hay mucho que decir sobre él. Pero lo más importante es esto: El que nace con la vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la sociedad. La única manera de cumplir con esa obligación es desenvolviendo sus dotes naturales, y para lograrlo tiene que aprender todo lo relativo a su oficio; qué es un cuento y qué debe hacer para escribir buenos cuentos. Si encara su vocación con seriedad, estudiará a conciencia, trabajará, se afanará por dominar el género, que es sin duda muy rebelde, pero dominable.

El profesor Juan Bosch nació en La Vega, República Dominicana, el 30 de junio de 1909 y murió en Santo Domingo el 1º. de noviembre de 2001.

Juan Bosch fue narrador, ensayista, educador, historiador, biógrafo, político, ex-presidente de la República Dominicana e inició su carrera literaria con un pequeño libro de cuentos, Camino Real. Su cuento “La mujer” ha sido seleccionado por casi la totalidad de las antologías de cuentos de Hispanoamérica). A quien le interese detallar puede consultar más a fondo sobre la vida y obra de este autor.

De nuestra parte cerramos, sin ánimo de persuadir a nadie sobre las verdades o falencias de las pistas propuestas, como tantas otras que hay. Sólo nos atrevemos a considerar, muy personalmente, que segundo va la técnica, primero la misma necesidad de escribir, principio inviolable sin el cual no es posible llegar a alguna parte.

2/21/2010

Queridos maestros...

De entrada me disculpo por el origen de estas reflexiones que ahora ocupan mi mente y trato de trasladar a esta hoja virtual. Digo “me disculpo” en cuanto a que la nota que abajo presento nació de la desinteresada intención que tuve de referirme al texto Mi profesor de literatura, de Mario Mendoza, presentado por el escritor Carlos De La Hoz en su ya ineludible espacio en Facebook. Y como siempre, “se me fue la mano” y terminé elaborando un testimonio independiente al cual una misteriosa fuerza me obligó a darle vida propia. Algún crítico hablaría de intertextualidad o algo así… Ahora, con pena con Carlos, quedo en deuda con el comentario original. Mientras, léanse lo que a falta de imaginación me he apresurado a titular Queridos maestros, pues al final resultó, formalmente hablando, una carta.

***
Queridos maestros,

Dada la condición del ser humano de aprender de manera natural aquello para lo cual biológicamente viene programado y lo que otros culturalmente le transmiten o le heredan, es apenas inevitable no guardar el sublime o mal recuerdo de algunos de los tantos de ustedes que han contribuido a que, querámoslo o no, seamos lo que somos: fracasados o satisfechos en nuestras más íntimas vocaciones. Gracias a ustedes, a su amor o a su amargura logramos lo que hoy en esencia somos en este punto de nuestras vidas.

Por ello, queridos maestros, ahora que pretendemos seguir sus nobles pasos, lo fundamental de reflexionar continuamente sobre nuestra labor docente ya que para el niño que inicia su aprendizaje académico y su experiencia de vida, lo fundamental es encontrar en su camino seres maravillosos, capaces de enseñar la sabiduría que guardan sin egoísmos, abriendo el mágico tesoro de los conocimientos humanos con la misma pericia y alegría con la cual el mago nos ilusiona y gana nuestros merecidos aplausos. Sabemos que las circunstancias han cambiado, ¿cuándo no?, y que la sociedad se ha movido tanto que hoy en día más que informar debemos dedicarnos a formar, a desintoxicar el espíritu de los niños de tanto conflictos que traen. Y ello no es tarea fácil. Quizás, queridos maestros, no seamos dignos herederos de su abnegada vocación y lo más posible es que nunca logremos ser merecedores del recuerdo agradecido de alguno de estos distraídos estudiantes que ahora educamos. Es cierto, créanme, ahora nos desesperamos, dudamos en medio de una sociedad de puertas abiertas en donde los padres perdieron el control y el niño en su derecho “al libre desarrollo de la personalidad” puede hacer lo que le venga en gana, confundiéndonos a todos entre lo que es libertad y libertinaje; autoridad y autoritarismo; castigo y maltrato.

Queridos y sublimes maestros, bien que les recordemos pues a ustedes, en realidad, todas las personas felices de este mundo debemos nuestro lugar en la historia y la plenitud de haber desarrollado con sinceridad tal o cual arte, profesión u oficio, aun en contra de monstruosos sistemas educativos, más al servicio de sospechosos intereses político que humanos.

Nada tenemos en contra de la educación formal y como hijos suyos más que nadie quisiéramos que todos sus funcionarios, asesores, técnicos y nuevos profesores recordaran a quienes –como ustedes para mí, queridos maestros- hicieron de sus primeros años de educación la época más agradable y esperanzadora de un porvenir que anhelamos impacientes sin saber que el tiempo no retrocede nunca ni se recupera jamás.

Queridos maestros, (mencione cada quien los suyos…), hay quienes creen que la educación es mejor porque se disponga de un computador o de un tablero electrónico para enseñar, ¡pero qué va! La educación es, y será, siempre mejor en la medida en que sea organizada alrededor de los sentimientos sinceros y de las actitudes de quienes por años se han preparado, ya en la vida, ya en la universidad, para desarrollar su vocación sin rencores ni miedos ni protagonismos. ¡Ah, cómo recordamos nuestros humildes salones en los cuales ustedes, héroes de otro mundo, nos inculcaban respeto, valores, sabiduría, a punta de la magia de las palabras y de sus buenos ejemplos! -¡Y cómo nos compadeceremos siempre por quienes, fieles al libreto del sistema, nos amenazaron con sus gritos y nos castigaron con sus reglas por no sabernos de memoria, con pelos y señales, la lección copiada en la aburrida clase de la tarde anterior!

Bueno, queridos maestros, la tradición de enseñar y aprender aún persiste de generación en generación, como norma social y cultural y la noción de formar integralmente hoy nos exige inmiscuirnos en las preocupaciones más íntimas de nuestros alumnos y los conflictos que se padecen en sus hogares, quedando casi relegada la enseñanza de contenidos, hecho que no debiera preocuparnos pues la tecnología que a nosotros nos atropella a ellos, seres traviesos, curiosos y genéticamente digitales, les atrae como las flores a las abejas, lo cual nos indica que en estas novedades, con actitud y sentimiento, debemos apoyarnos un poco para hacer de la educación el rato feliz que cualquier niño normal busca en las cuatro paredes en que sus propios padres lo encierran porque no lo toleran en casa.

Finalmente, la referencia a los buenos maestros de los cuales hablamos, incluye, por supuesto, a nuestros padres o personas adultas que rodearon nuestra niñez y adolescencia, pues en ellos –al menos antes lo era- encontrábamos a nuestros más importantes modelos, no tanto por su formación académica sino por aquello de que “el ejemplo educa”.

Queridos maestros, hay en estas malogradas palabras un infinito agradecimiento.

Su alumno,

2/17/2010

Bien, hablemos del cuento (II)

Ya dije, recuerdo, que el profesor Edmundo Ramos Vives también me facilitaba como materiales de lectura libros de Julio Cortázar, los cuales leía con avidez y le regresaba juiciosamente para que me siguiera prestando. No sé, el profesor Edmundo se le había antojado que mis cuentos (los que él había leído hasta el momento) tenían cierta influencia de la fantasía del afamado autor, apreciación que no me causaba ninguna gracia pero que más bien me era indiferente pues apenas me iniciaba en la lectura profunda de algunos autores, por fuera de la visión académica.

La verdad es que le tomé cariño al argentino y me leí casi todos sus libros de cuentos, y aún ahora suelo releerlos con la misma emoción de la vez primera. Es, entonces, ahora el turno para apoyarme en Julio Cortázar para que hablemos del cuento, asunto que de inmediato paso a tratar antes de que me pierda en mis acostumbrados rodeos, consecuencia directa de trabajar con el pensamiento y querer contarlo todo al mismo tiempo, lo cual técnicamente no es posible.

Sin más, entonces, estos resumidos y conversados Aspectos del cuento, en la visión de Julio Cortázar:

1. Una apreciación muy personal

Es posible que algunas de mis ideas sorprendan o choquen a quienes las lean, me parece de una elemental honradez definir el tipo de narración que me interesa, señalando mi especial manera de entender el mundo.

2. ¿Es posible una clasificación?

Casi todos los cuentos que he escrito pertenecen al género llamado fantástico por falta de mejor nombre, y se oponen a ese falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse como lo daba por sentado el optimismo filosófico y científico del siglo XVIII, es decir, dentro de un mundo regido más o menos armoniosamente por un sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa y efecto, de psicologías definidas, de geografía bien cartografiadas. (…)

Tengo la certidumbre de que existen ciertas constantes, ciertos valores que se aplican a todos los cuentos, fantásticos o realistas, dramáticos o humorísticos. Y pienso que tal vez sea posible mostrar aquí esos elementos invariables que dan a un buen cuento su atmósfera peculiar y su calidad de obra de arte.

3. El cuento en Latinoamérica

Entre nosotros, como es natural en las literaturas jóvenes, la creación espontánea precede casi siempre al examen crítico, y está bien que así sea. Nadie puede pretender que los cuentos sólo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco encasillable; en segundo lugar los teóricos y los críticos no tienen por qué ser los cuentistas mismos, y es natural que aquellos sólo entren en escena cuando exista ya un acervo, un acopio de literatura que permita indagar y esclarecer su desarrollo y sus cualidades.

En América, tanto en Cuba como en México o Chile o Argentina, una gran cantidad de cuentistas trabaja desde comienzos de siglo, sin conocerse entre sí, descubriéndose a veces de manera casi póstuma. (…) Es un género que entre nosotros tiene una importancia y una vitalidad que crecen de día en día. Alguna vez se harán las antologías definitivas -como las hacen los países anglosajones, por ejemplo- y se sabrá hasta dónde hemos sido capaces de llegar. Por el momento no me parece inútil hablar del cuento en abstracto, como género literario…

4. Cuento versus novela

Para entender el carácter peculiar del cuento se le suele comparara con la novela, género mucho más popular y sobre el cual abundan las preceptivas. Se señala, por ejemplo, que la novela se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de la lectura, sin otro límite que el agotamiento de la materia novelada; por su parte, el cuento parte de la noción de límite, y en primer término de límite físico, al punto que en Francia, cuando un cuento excede las veinte páginas, toma ya el nombre de nouvelle, género a caballo entre el cuento y la novela propiamente dicha. En ese sentido, la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un "orden abierto", novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación.

Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases.

5. Cuentista y fotógrafo

No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brasai definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara.

El fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos, sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucha más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento.

6. Pero el buen cuentista…

El buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran, y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condenados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa "apertura" a que me refería antes.

7. ¿Cuándo un cuento es malo?

No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni temas malos, solamente hay un buen o un mal tratamiento del tema. Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá, acercarnos mejor a la estructura misma del cuento.

8. El tema

Un cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del mundo, comprometido en mayor o en menor grado con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Este escoger un tema no tan es sencillo. A veces el cuentista escoge, y otras veces siente como si el tema se le impusiera irresistiblemente, lo empujara a escribirlo. En mi caso, la gran mayoría de mis cuentos fueron escritos -cómo decirlo- al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi conciencia razonante, como si yo no fuera más que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena. Pero eso, que puede depender del temperamento de cada uno, no altera el hecho esencial, y es que en un momento dado hay tema, ya sea inventado o escogido voluntariamente, o extrañamente impuesto desde un plano donde nada es definible. Hay tema, repito, y ese tema va a volverse cuento. Antes que ello ocurra, ¿qué podemos decir del tema en sí? ¿Por qué ese tema y no otro? ¿Qué razones mueven consciente o inconscientemente al cuentista a escoger un determinado tema?

A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba de ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotan virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía conciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más complejo y hermosos? Muchas veces me he preguntado cuál es la virtud de ciertos cuentos inolvidables. En el momento los leímos junto con muchos otros, que incluso podían ser de los mismos autores. Y he aquí que los años han pasado, y hemos vivido y olvidado tanto. Pero esos pequeños, insignificantes cuentos, esos granos de arena en el inmenso mar de la literatura, siguen ahí, latiendo

9. Significación

El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo, al punto que un vulgar episodio doméstico, como ocurre en tantos admirables relatos de una Katherine Mansfield o un Sherwood Anderson, se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo quemante de un orden social o histórico.

Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta. Pienso, por ejemplo, en el tema de la mayoría de los admirables relatos de Antón Chejov. ¿Qué hay allí que no sea tristemente cotidiano, mediocre, muchas veces conformista o inútilmente rebelde? Lo que se cuenta en esos relatos es casi lo que de niños, en las aburridas tertulias que debíamos compartir con los mayores, escuchábamos contar a los abuelos o a las tías; la pequeña, insignificante crónica familiar de ambiciones frustradas, de modestos dramas locales, de angustias a la medida de una sala, de un piano, de un té con dulces. Y, sin embargo, los cuentos de Katherine Mansfield, de Chéjov, son significativos, algo estalla en ellos mientras los leemos y nos proponen una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada.

Esa significación misteriosa no reside solamente en el tema del cuento, porque en verdad la mayoría de los malos cuentos que todos hemos leído contienen episodios similares a los que tratan los autores nombrados.

La idea de significación no puede tener sentido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensión, que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el tema. Y es aquí donde, bruscamente, se produce el deslinde entre el buen y el mal cuentista. Por eso habremos de detenernos con todo el cuidado posible en esta encrucijada, para tratar de entender un poco más esa extraña forma de vida que es un cuento logrado, y ver por qué está vivo mientras otros, que aparentemente se le parecen, no son más que tinta sobre papel, alimento para el olvido.

Hay que aclarar mejor esta noción de temas significativos. Un mismo tema puede ser profundamente significativo para un escritor, y anodino para otro; un mismo tema despertará enormes resonancias en un lector, y dejará indiferente a otro. En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente significativos o absolutamente insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores. Por eso, cuando decimos que un tema es significativo, como en el caso de los cuentos de Chejov, esa significación se ve determinada en cierta medida por algo que está fuera del tema en sí, por algo que está antes y después del tema. Lo que está antes es el escritor, con su carga de valores humanos y literarios, con su voluntad de hacer una obra que tenga un sentido; lo que está después es el tratamiento literario del tema, la forma en que el cuentista, frente a su tema, lo ataca y sitúa verbal y estilísticamente, lo estructura en forma de cuento, y lo proyecta en último término hacia algo que excede el cuento mismo. Aquí me parece oportuno mencionar un hecho que me ocurre con frecuencia, y que otros cuentistas amigos conocen tan bien como yo. Es habitual que en el curso de una conversación, alguien cuente un episodio divertido o conmovedor o extraño, y que dirigiéndose luego al cuentista presente le diga: "Ahí tienes un tema formidable para un cuento; te lo regalo." A mí me han regalado en esa forma montones de temas, y siempre he contestado amablemente: "Muchas gracias", y jamás he escrito un cuento con ninguno de ellos. Sin embargo, cierta vez una amiga me contó distraídamente las aventuras de una criada suya en París. Mientras escuchaba su relato, sentí que eso podía llegar a ser un cuento. Para ella esos episodios no eran más que anécdotas curiosas; para mí, bruscamente, se cargaban de un sentido que iba mucho más allá de su simple y hasta vulgar contenido. Por eso, toda vez que me he preguntado: ¿Cómo distinguir entre un tema insignificante, por más divertido o emocionante que pueda ser, y otro significativo?, he respondido que el escritor es el primero en sufrir ese efecto indefinible pero avasallador de ciertos temas, y que precisamente por eso es un escritor.

10. Intensidad y tensión

La única forma en que puede conseguirse este secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su sentido más primordial. Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige. Ninguno de ustedes habrá olvidado El barril de amontillado, de Edgar A. Poe. Lo extraordinario de este cuento es la brusca prescindencia de toda descripción de ambiente. A la tercera o cuarta frase estamos en el corazón del drama, asistiendo al cumplimiento implacable de una venganza. Los asesinos, de Hemingway, es otro ejemplo de intensidad obtenida mediante la eliminación de todo lo que no converja esencialmente al drama. Pero pensemos ahora en los cuentos de Joseph Conrad, de D. H. Lawrence, de Kafka. En ellos, con modalidades típicas de cada uno, la intensidad es de otro orden, y yo prefiero darle el nombre de tensión. Es una intensidad que se ejerce en la manera con que el autor nos va acercando lentamente a lo contado. Todavía estamos muy lejos de saber lo que va a ocurrir en el cuento, y sin embargo no podemos sustraernos a su atmósfera. En el caso de El barril de amontillado y de Los asesinos, los hechos despojados de toda preparación saltan sobre nosotros y nos atrapan; en cambio, en un relato demorado y caudaloso de Henry James -La lección del maestro, por ejemplo- se siente de inmediato que los hechos en sí carecen de importancia, que todo está en las fuerzas que los desencadenaron, en la malla sutil que los precedió y los acompaña. Pero tanto la intensidad de la acción como la tensión interna del relato son el producto de lo que antes llamé el oficio de escritor.

En mi país, y ahora en Cuba, he podido leer cuentos de los autores más variados: maduros o jóvenes, de la ciudad o del campo, entregados a la literatura por razones estéticas o por imperativos sociales del momento, comprometidos o no comprometidos. Pues bien, y aunque suene a perogrullada, tanto en la Argentina como aquí los buenos cuentos los están escribiendo quienes dominen el oficio en el sentido ya indicado. Un ejemplo argentino aclarará mejor esto. En nuestras provincias centrales y norteñas existe una larga tradición de cuentos orales, que los gauchos se transmiten de noche en torno al fogón, que los padres siguen contando a sus hijos, y que de golpe pasan por la pluma de un escritor regionalista y, en una abrumadora mayoría de casos, se convierten en pésimos cuentos. ¿Qué ha sucedido? Los relatos en sí son sabrosos, traducen y resumen la experiencia, el sentido del humor y el fatalismo del hombre de campo; algunos incluso se elevan a la dimensión trágica o poética. Cuando uno los escucha de boca de un viejo criollo, entre mate y mate, siente como una anulación del tiempo, y piensa que también los aedos griegos contaban así las hazañas de Aquiles para maravilla de pastores y viajeros. Pero en ese momento, cuando debería surgir un Homero que hiciese una Iliada o una Odisea de esa suma de tradiciones orales, en mi país surge un señor para quien la cultura de las ciudades es un signo de decadencia, para quien los cuentistas que todos amamos son estetas que escribieron para el mero deleite de clases sociales liquidadas, y ese señor entiende en cambio que para escribir un cuento lo único que hace falta es poner por escrito un relato tradicional, conservando todo lo posible el tono hablado, los giros campesinos, las incorrecciones gramaticales, eso que llaman el color local. No sé si esa manera de escribir cuentos populares se cultiva en Cuba; ojalá que no...

11. Mi colección de cuentos

¿No es verdad que cada uno tiene su colección de cuentos? Yo tengo la mía, y podría dar algunos nombres. Tengo William Wilson de Edgar A. Poe; tengo Bola de sebo de Guy de Maupassant. Los pequeños planetas giran y giran: ahí está Un recuerdo de Navidad de Truman Capote; Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de Jorge Luis Borges; Un sueño realizado de Juan Carlos Onetti; La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi; Cincuenta de los grandes, de Hemingway; Los soñadores, de Izak Dinesen, y así podría seguir y seguir... Ya habrán advertido ustedes que no todos esos cuentos son obligatoriamente de antología. ¿Por qué perduran en la memoria? Piensen en los cuentos que no han podido olvidar y verán que todos ellos tienen la misma característica: son aglutinantes de una realidad infinitamente más vasta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto. Y ese hombre que en un determinado momento elige un tema y hace con él un cuento será un gran cuentista si su elección contiene -a veces sin que él lo sepa conscientemente- esa fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros, dará su sombra en nuestra memoria.

12. La creación

El cuentista está frente a su tema, frente a ese embrión que ya es vida, pero que no ha adquirido todavía su forma definitiva. Para él ese tema tiene sentido, tiene significación. Pero si todo se redujera a eso, de poco serviría; ahora, como último término del proceso, como juez implacable, está esperando al lector, el eslabón final del proceso creador, el cumplimiento o fracaso del ciclo. Y es entonces que el cuento tiene que nacer puente, tiene que nacer pasaje, tiene que dar el salto que proyecte la significación inicial, descubierta por el autor, a ese extremo más pasivo y menos vigilante y muchas veces hasta indiferente que se llama lector. Los cuentistas inexpertos suelen caer en la ilusión de imaginar que les basta escribir lisa y llanamente un tema que los ha conmovido, para conmover a su turno a los lectores. Incurren en la ingenuidad de aquel que encuentra bellísimo a su hijo, y da por supuesto que todos los demás lo ven igualmente bello. Con el tiempo, con los fracasos, el cuentista capaz de superar esa primera etapa ingenua, aprende que en la literatura no bastan las buenas intenciones. Descubre que para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con sus circunstancias de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa.

***

No ha sido difícil llenar este recuerdo con las apreciaciones de nuestro querido Julio Cortázar, texto escrito en esta ocasión con el humilde ánimo de ponerlo al servicio de los estudiantes-narradores jóvenes que quizás ya no cuenten en la UA con las emociones del profesor Edmundo Ramos Vives -¿Qué será de su vida?...

2/14/2010

Bienvenida tu ausencia


Como si la ausencia fuera
remedio para olvidar...”
R.E.

El hombre apuntó y esperó que la manchita negra se quedara inmóvil y confiada; entonces dejó caer el golpe suave y mortal y la aplastó encima de la mesa. Desde el otro extremo lo miré. Esperaba que levantara la cabeza hacia donde yo me encontraba para sonreírle. Pero el hombre no miró. Lo había estado observando desde hacía rato, siguiéndole cada golpe, contándole cada víctima: treinta y seis en el transcurso de las cuatro cervezas que me había bebido. El hombre cogió por las alas el cuerpecito sangrante y lo echó en una cajita portacomida. Enseguida pasó un trapo húmedo por la mesa y volvió a esperar estático con el matamoscas sostenido en el aire. Para nadie en el puerto era desconocido el destino final de las moscas. Pensé que el hombre cazador-de-moscas no era más que un estúpido y lo mandé a los mil diablos.

En definitiva, me desentendí del hombre-cazador-de-moscas y deslicé la vista hasta el mar verde blancuzco que se detenía casi en las mismas espaldas del hombre. Por primera desde que salí del hotel pensé en Angélica. Me la inventé lejana, mirando desde una ventana hacia una calle despoblada y polvorienta. A esa hora el puerto era una hilera de cosas irreales, transfiguradas y temblorosas bajo el disco anaranjado de la tarde. Sentí que diciembre era un cuchillo interminable y filoso abriéndome las entrañas. Me di valor, pero no pude evitar las ganas de llorar. Un suspiro de nostalgia se me escapó desde lo más hondo. Busqué la playa desierta. Vi una bandada de gaviotas jóvenes y sin brújula aprendiendo a volar. En todo el horizonte era domingo y el mar se iba quedando vacío, sin el ruido de los turistas que comenzaban a recoger sus cosas y a marcharse con sus pieles cancerosas rumbo a las calles huérfanas de Barranquilla.

A pesar de las ganas no pude llorar. Necesitaba llorar, pero mi autocensura era mayor que mi sensibilidad. Noté que desde el fondo de la cantina el muchacho observaba al hombre cazador-de-moscas. Le hice señas pidiéndole otra cerveza. Más notorio que el mismo muchacho, como un cliente ebrio, un traganíquel voluminoso dejaba escapar sin prisa la letra de una canción que parecía inspirarse en mí. La música es más humana que la literatura, me dije.

Angélica volvió a pasarme por los ojos con su trajecito de flores pálidas, los pasos cortos, el cuerpecito frágil y liviano como queriendo elevarse por encima de la raya del horizonte. De repente, Angélica se nubló. La sombra sin contornos del hombre con su cajita de cartón se acercaba a embestirme. Intenté disimular la vista en otra parte, esperando que la sombra me ignorara. Pero ya el hombre estaba allí rompiendo el aire de un manotazo circular y diciendo:

-Diciembre es un mes hermoso, señor...

Quise que la voz infantil, casi sin erres, pasara de largo y se extraviara detrás del mostrador, pero el silencio inoportuno del traganíquel me la empujó en los oídos. Tuve que responder: “Así parece”, mientras fabricaba una sonrisa. Entonces el hombre, la cara desconcertada, enjarrados los brazos, se puso detrás de mí, observando un punto imaginario en el mar. Después volvió a repararme y ya convencido de que yo no agregaría nada más preguntó, casi afirmando:

-¿Usted es el mismo de la otra vez?

-No... ¡No!... -Respondí contrariado.

-¡Ah sí! Usted es, lo recuerdo muy bien. ¡Sí señor! -Dijo el hombre al mismo tiempo que pareció acordarse de algún asunto importante y se marchó de prisa en busca del muchacho del mostrador.

Por mi parte, conservé el rostro calmado. Una vez más me habían reconocido. Me sentí desnudo y pensé que ya en todo el puerto se hablaba de mi presencia. Ahora me parecía descifrar una extraña intención en la mujer del hotel y en la amabilidad -¿lástima?- de la gente de la plaza. Se me antojó creer que el asunto tomaba cierto brillo, cierto olor a la tristeza que llevaba por dentro y que nadie me quitaría. Presentí que tampoco este diciembre sería tan trágico como había planeado. No habría muerte. Yo continuaría así de por vida. ¿Para qué un sacrificio que todos esperaban? Los sobres de veneno en el bolsillo y el revolver en la maleta ya no tenían ninguna importancia. Años y años perfeccionando la idea del sacrificio y de un instante a otro comprendía que era absurda, inútil. Ciertamente, yo era un escritor y tenía más derecho que nadie a pensar en el suicidio, pero ¿acaso un escritor no debe soportar todas las penalidades que la existencia le ofrece? ¿Por qué no vivir hasta los últimos días de mi existencia compartiendo la presencia-ausencia de Angélica, permitiendo que año tras año ella reviviese en este puerto donde la amé? ¿Acaso yo mismo no la había alejado de mí? Quizás algún día -¡Algún día!- yo tendría suficientes fuerzas para sacudirme de este pasado desteñido que aún empeñaba en alimentar. Este pasado por el cual habría estado al borde de las peores tinieblas.

El chapoteo de las olas me trajo a la realidad exterior. Dejé de pensar. Me aparté del mar y busqué la sombra rechoncha que ya se había escurrido por una puerta oculta a un costado del traganíquel. Acudí al muchacho.

-¿Sí? -Contestó a mi llamado.

-¿Cómo te llamas?

-Juan.

-¿Eres nuevo por aquí?

-Sí, dejé la escuela a mitad de año y ahora trabajo con Joseph Wang.

-¿Con quién?

-Con el dueño, así se llama. Es mejor que estar con mi papá. Joseph no me obliga a estudiar y aquí nado cuando quiera.

-¿Y tu mamá?

-No sé, mi papá dice que se fue... Eso me dijo cuando le pregunté.

-¡Así son las mujeres! Se van sin avisar.

El muchacho se entristeció, suspiró y dijo:

-No me importa.

-¡Qué vamos a hacer, hombre! -Lo consolé y desvié la conversación. -Dile a Joseph que quiero hablar con él.

-¿Con Joseph? Ahora no -contestó el muchacho. Alzó los hombros como disculpándose-. Cuando entra a la cocina no lo saca nadie. ¡Le gustan tanto las moscas!

Pensé en la cajita portacomida y me empiné el último trago de cerveza tibia y amarga. Busqué la sonrisa complaciente de Angélica que parecía mirarme desde más allá de mi memoria. “Lo recuerdo muy bien”, martillé las palabras. Todos me habían reconocido. Ya no era un inadvertido turista de diciembre. Era el hombre que todos habían estado esperando para decirle precisamente que lo recordaban muy bien. Era el hombre que había venido a reunir cada uno de los recuerdos de Angélica, la mujer que había inventado en alguna época de mi vida para llevar una existencia normal, común y corriente; la mujer por la cual hubiese abandonado las calles de Barranquilla para internarme en la más remota de las aldeas. Pero al final los dos temimos a la misma vida común y proseguimos nuestros rumbos distintos. Después de todo, como le dije alguna vez, la persona que uno cree amar es apenas una lejana aproximación de la persona que en realidad va amarse. La partida de Angélica aumentó mi desconfianza en la vida, pero así mismo dejó en claro que mi destino era la literatura, no otra forma de felicidad inferior. “Bienvenida tu ausencia”, me consoló una voz que era la mía y al mismo tiempo no lo era. La soledad no está fuera del hombre, está en el hombre, reflexioné.

Esto me pertenece, comprendí. El hombre-cazador-de-moscas, la música que correspondía tanto a mí, la mujer amable del hotel, los buses largos y amarillos de la plaza. El puerto no podría ser mi tumba como lo había prometido, aunque de cierto modo sí lo era. Sería un refugio poblado de angustias y recuerdos; de invenciones y sueños frente al mar. Quizás todo esto eran extrañas formas de esa felicidad que me había rozado por breves instantes y que había seguido de largo, abandonándome en una ciudad de la que nunca podría salir. Dejé los sobres en la mesa.

Ahora me resignaba. Yo era un escritor y eso justificaba todo.

A lo lejos la raya del horizonte y el disco anaranjado y vencido estaban a punto de besarse y fundirse en una sola cosa. “Diciembre apenas comienza, habrá mucho tiempo para pensar”, me dije, consolándome ante la tarde ya irreversiblemente gris. Le hice señas al muchacho que ya recogía los bancos y las mesas.

-¿Cuánto te debo?

-Tres mil seiscientos -contestó el muchacho sin mirar las botellas vacías, como si hubiese ansiado la pregunta desde hacía siglos.

-Guárdate el cambio. Dile a Joseph que mañana regresaré.

-¿Y los sobres? -Preguntó el muchacho apuntando a la mesa.

-Es veneno de rata. Te los dejo.

-Aquí sólo hay moscas, señor...

-Guárdalos, de algo te servirán.

Me alejé, dejándole las gracias al muchacho en el aire. Sentí en mi espalda la mirada del muchacho y del hombre-cazador-de-moscas. Cuando me volví ya los dos, entrelazados los cuerpos, silenciosos, indiferentes a mí, se hundían en las primeras sombras de la cantina.

2/09/2010

Bien, terminemos el cuento (III)

En esta ocurrencia de reiterar estos apuntes sobre el cuento había presupuestado reunir un conjunto de variadas apreciaciones, conforme el valor que doy a sus autores, pero en este punto me dije, basta de abusos con lo fácil y abandonemos ya este caprichoso y presuntuoso interés. Bueno, recordamos tantos de nuestra predilección pero sabemos que cada narrador se va encontrando en el camino con los autores que merece y, en consecuencia, inútil resulta recomendarlos, máxime cuando la técnica es posterior a la vocación.

No obstante, concluyo esta línea temática con Unas palabras sobre el cuento, breve pero contundente aporte de Augusto Monterroso que, ya tomemos en serio o en broma, nos hace sentir culpables por habernos gastado demasiadas ideas en tan retrajinado panorama.

Bien, leamos sin más consideraciones:

Si a uno le gustan las novelas, escribe novelas; si le gustan los cuentos, uno escribe cuentos. Como a mí me ocurre lo último, escribo cuentos. Pero no tantos: seis en nueve años, ocho en doce. Y así.

Los cuentos que uno escribe no pueden ser muchos. Existen tres, cuatro o cinco temas; algunos dicen que siete. Con ésos debe trabajarse.

Las páginas también tienen que ser sólo unas cuantas, porque pocas cosas hay tan fáciles de echar a perder como un cuento. Diez líneas de exceso y el cuento se empobrece; tantas de menos y el cuento se vuelve una anécdota y nada más odioso que las anécdotas demasiado visibles, escritas o conversadas.

La verdad es que nadie sabe cómo debe ser un cuento. El escritor que lo sabe es un mal cuentista, y al segundo cuento se le nota que sabe, y entonces todo suena falso y aburrido y fullero. Hay que ser muy sabio para no dejarse tentar por el saber y la seguridad.

2/07/2010

El poema del pintor

Carlos Flórez dedicó su extraviada existencia a la pintura y a pesar de su ya lejano trágico fallecimiento su recuerdo me resulta ineludible pues durante años he conservado un singular cuadro que alguna vez me obsequió o negoció a cambio de una cerveza en los alrededores de la Universidad del Atlántico. Mi amigo Lewis Morales también cuelga otro que no quise o no pude llevarme a casa y que cada día da más pena y tristeza pedírselo. Dos "Flórez" muy distintos y de los cuales algún día me referiré.


Sí, algún día escribiré de éstos y de Carlos Flórez en las justas proporciones del recuerdo de este pintor callejero a quien muchos temían por su constante ebriedad y sus actitudes de loco.

En esta ocasión transcribo un breve poema suyo que en un arranque de no-se-qué escribió intempestivamente en una hoja de papel que me arrebató de las manos, poema que en esta noche de domingo ha saltado de entre un montón de manuscritos viejos que se me dio por revisar. El hallazgo puede resultar insignificante para ustedes; para mí es la vida de un ser humano que pasó, con sus buenas y sus malas, entre nosotros y que paulatina –y casi voluntariamente- cumplió su cita con la muerte.

Discúlpenme el sentimiento (y el poema del pintor)


Sé que nací del recuerdo

perdido
como yo
Sé, que escritores
pintores
etcras (¿etc.?)
Sé, que ser honesto
es mentir
Sé que sabrán
entender
lo no comprendido
Sé que amo
mi calle mi falta de todo
menos de Dios.

A ustedes, Flórez